Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
n i EL PRIMER ABRAZO I La entrada en la casa de sas suegros fué pobre mujer u n trance doloroso. Ante el umbral de la puerta se la antojó que el gi que sostenía el escudo de la familia, labrado rroqueña sobre el dintel, fruncía las cejas sarla. Lueso se encontró con dos estatuas padres de su marido: él, un bloque de mármuí, üllAj u n témpano de hielo. ¡Ahí La reconciliación hecha por carta, después de la boda con intervención del juez, había sido una pura fórmula; la guerra declarada á la nuera persistía, el supuesto perdón no pasaba de una piadosa mentira de la ausencia. Era el castigo, sí, la pena por la desobediencia filial. Pu marido no había vacilado en arrostrar la cólera de su padre casándose sin su consentimiento, y ahora tornaba al hogar paterno mnriéndose, en busca de los aires nativos como único recurso salvador. ¿Pero por ¡ué esa enemiga conti a el a, honrada 3 pura? ¿Qué culpa tenía de ser hija tle un demagogo, para que en tas soledades de la provincia la odiasen desde la rancia casa solariega, recibiéndola asi, con una frialdad que espantaba, sin dirigirla apenas la palabra, y lo preciso, el sa udoV De todo su amor por su esposo netíesitó echar mano, y tragándose sus lágrimas, se mostró humilde pero digna. E 1 campo fué su defensa. El enfermo venia á respirar la mayor cantidad de aire puro, á fortalecerse los pulmones en la plena naturaleza. Por la mañana íhase el matrimonio al pinar en el viejo faetón de la casa, y no regresaba hasta el obscurecer á la ciudad, almorzando fiambre unas veces en el mismo bosque, caliente otras en la casita de un guarda, al que se le encargó este servicio por la circunstancia de tener una mujer m a j buena guisandera al estilo del país. Procuróse así estimular el apetito d anémico á toda costa. Ka estas excursiones la pobre mujer daba suelta á sus lágrimas. Eran horas benditas de libertad. E n cambio lo eran de un suplicio á fuego lento las de la velada con los suegros, correctos con ella como cumplía á personas bien educadas, pero lacónicos, sin tratar de ocultar que les contenía la ley de la tregua hospitalaria. Alguna vez á duras penas contenían sus brusquedades. La nuera respondía con su mansedumbre. La grippe debió de enterarse del. apto terreno que allí tenía en aquella vieja morada de grandes salones, y sentó sus reales en la casa solariega. Llegó para la pobre criatura, tan probada á los veinte años, la época del supremo martirio. Sus suegros cayeron uno tras otro en cama, cayó también más grave el ama de llaves, y ella tuvo que trocarse en hermana de caridad. Cuando se vio entre los lechos de sus dos enemigos y los consideró recibiendo medicinas y caldos de su mano, pensó para sus adentros que aquel bien que á la fuerza recibían constituía su más completa venganza. Y se dio tan buena maña, que á pesar de haberse resentido, aunque sin alarma, la salud de su esposo, deteniéndose algo su reposición creciente, y de no conocer el terreno en que maniobraba, se impuso en tres ó cuatro días en el manejo de todo, y ni un instante faltó en la noble mansión el equilibrio de la vida ordinaria, destruido en el hogar en cuanto sueltan el timón los dedos expertos que lo dirigen. No hay tormenta tras de la que no llegue el sol. Únicamente para la desdicliada jovencita parecía desaparecida esta ley natural. Los enfermos se levantaron de la cama, el ama de llaves tornó á coger su llavero, el esposo siguió recibiendo de los pinares y de la guardesa las fuerzas que había de llevarse á la corte, y aunque los suegros pasaron de la media docena de palabras, ni se ablandó el mármol, ni se fundió el hielo; ni, lo que significaba más, ni una vez siquiera oyó de las rencorosas bocas la triste criatura el inicial balbuceo de cariño que esperaba en recompensa á su abnegación.