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tus salvajes de un cOrázón sediento de venganza, la venganza inicua de ensañarse en la familia de su enemigo, y devolvérsela vilipendiada y manchada, como se devuelve un trapo que ha limpiado el suelo de la cámara donde se celebra orgfa impura. Meditó un instante, frunciendo las hirsutas cejas, bajo las cuales escandecían dos ojos de brasa; de pronto, una sonrisa feroz dilató su boca; había encontrado el medio de no faltar á su palabra, y al mismo tiempo de mancillar al cura en la persona de sus sobrinas. Dio en vascuence una orden terminante, y poco des pues las cinco doncellas, enteramente despojadas de sus ropas, eran paseadas y empujadas al través de las calles del pueblo, entre rechifla, denuestos, golpes y groseros equívocos de los inhumanos que las rodeaban, ebrios de vino y de sangre. El Manco había anunciado que sería reo de pena capital cualquiera de sus contraguerrilleros que no se limitase á mofarse de la desnudez de aquellas desdichadas vírgenes, las cuales, estúpidas de vergüenza, intentando velarse el rostro con el pelo, echándose por tierra para que el fango de las calles las sirviese de vestido, pedían con llanto entrecortado y desgarrador que las devolviesen su ropa y las fusilasen pronto; y a! verlas como estatuas d e dolorido é injuriado mármol, el Manco en persona, ó satisfecho ó ablandado ya, escupió á los desnudos y mórbidos hombros de la más joven, y dijo con bestial risa: -Ahora, ya pueden volverse á su madriguera estas carcundas. Considerar el estado de ánimo de las sobrinas del cura después del afrentoso supli ció, es como si nos asomásemos á un abismo de desespo ración. Nótese que eran mu jares de intachable conducta, de grave recato, de profunda religiosidad, más bien exaltada; que las respetaban en el pueblo por honradas y las celebraban por hermosas; que á pesar de su fe no tenían voi a cion monástica, y entre lis mozos incorporados á la partí da del cura, más de uno rondaba sus ventanas y pensaba en bodas á la conclusión de la guerra. Pero después del ho rrible atropello di l Manco, para las sobrinas del párroco de Urda? pi ge había cerrado el horiícorite, se habían acabado las perspectivas de la vida y djl mundo. La gente, al hablar de ellas, sólo la. s llamaba las desnudadas, y este apodo iufamante e -a como inmensa mancha extendida sobre su piel, quemada por tantos impuros ojos. Abrumadas bajo la carga de su desventura, permanecían recluidas en casa, sin asomarse á la ventana siquiera, sin salir ni á la iglesia: ¡la iglesia, que es el refugio de todos los dolores! Como DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINGA si estuviesen contaminadas de. lepra, como á los lazarados que la Edad Media aislaba, les traía una amiga, movida á compasión, lo necesario p a r a su sustento, y se lo dejaba en el poital, en un cesto, diariamente, pues ni aun de ella consentían ser vistas y habladas. Así vivieron un año- -Pues por ahora- -dijimos á Lucio Sagris interrumpiéndole, -su historia de usted demuestra que, sometidas á unas mismas circunstancias, las cinco sobrinas del cura de Urdazpi adoptaron un género de vida absolutamente idéntico. -I Aguarden, a guarden I- -clamó Lucio. -No se ha concluido el episodio. Al año, la consabida amiga avisó para el entierro de una de las sobrinas, la menor: aquélla á cuyos candidos hombros desnudos había escupido el M- mco Enferma de tristeza desde el día de su desgracia, habi. a ocultado su padecimiento por no ver al médico, ó más bien porque el médico no la viese; y la primer salida que hizo la desnudada, fué con los pies para delante, camino del cementerio. Pocos días después dejó la casa otra desnudada, la mayor: hizo su viaje de noche, con la cara envuelta en un tupido velo, y apareció en Vitoria, en la casa matriz de las religiosas de una Orden que tiene por misión asistir á los enfermos y amparar á los niños abandonados. Quedaban solamente en L rdazpi tres de las sobrinas del cura; pero de 11 Í á medio año escapáronse juntas dos de el las, y se incorporaron á la partida, que por entonces recorría las cercanías en triunfo. Una de las muchachas tuvo ocasión de pelear como un hombre, con denuedo rabioso, contra las tropas liberales, hasta que una bila la atravesó el fémur y pereció desangrada; en cuanto á la otra- ¿Murió también 7- -preguntamos. -Peor que si muriese- -conte. -ító melancólicamente el narrador. -No 8 Ó qué será de ella; rodará por Bilbao; es lo probable. Esa no supo comprender que por mucho que desnuden el cuerpo, el pudor y el decoro sólo se pierden cuando se desnuda el alma. ¿Y la quinta sobrina del cura de Urdazpi? AhI Esa vive hoy al lado de su tío, que se acogió á indulto al terminar la guerra civil. Humilde y resignada, ya madura, atendiendo á sus labores domésticas y á sus devociones, no parece recordar que en algún tiempo quiso vivir apartada de sus semejantes Y en el pueblo la respetan, ¡vaya si la respetan! A pesar de que no puede olvidarse la espantosa acción del Manco, nadie se atrevería á llamarla desnudada en alta voz. EMILIA PARDO BAZÁN