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personajes, entre los cualec figuraba Aibareda. -Puez en mi tierra, dijo éste, h i b í a un ciego cuando yo era muchaehr más listo que este ing és. ¿Y qué hacía? -Entraba en una cuadra, y con só o tentar los caballos adivinaba cómo eran. Los tocaba uno por imo y decia; Ezte es bayo; ézte es pío; ézte es alazán ¿Y acertaba siempre? preguntó el rey. Ni por cazualiál Alfonso X I I rió de tan buena gana, que le declaró el hombre miís gracioso de su corte. Ministro era de Fomento cuando se le presentó una comisión de cierta capital de provincia, presidida por el alcalde, u n señor muy venerable y muy latero, como ahora dicen, que le hizo un dis: curso de hora y media para explicarlo lo qne la capital deseaba. I Hora y media! Albareda no sabía ya adonde mirar ni cómo perroanecer con los ojos abiertos. For fin acabó el buen señor, y el ministro, después de una gran pausa, le dijo; -Y digazté, zeñor alcalde, por allá ¿cómo andamos de mujerío? Demócrata de sangre, á pesar de venir de familia rica y de ser el elegante que todos hemos conocido, á veces y como distraído ó genial hacía cosas tremendas. -Ahí está el duque de Montpensier, le dijo en París su secretario una mañana. Albareda, que estaba en camisa, dijo muy tranquilo: -I Que pasel ¡Pero José Luis! exclamé yo. -E n haciéndome observaciones, recibo en cueros. Monárquico en España y republicano en Francia, repitió. ¿No has leído en Galdós aquella memorable página en que Fernando V I I recibe al embajador francés medio desnudo? Pues cada uno á su vez. ¡Buenos días, zeñor duque! Y el duque, que tampoco se asustaba de nada: ¡Hola! ¿está usted de media gala? I Qué temporada aquélla de P a r í s! A las nueve de la mañana solía yo ir á verle y á darle consejos para su salud, porque despreciaba la muerte m á s que los héroes de las guerras. Enfermo grave, comía y bebía de todo, salía con buen tiempo y con malo, se reía de la Medicina, y con buen humor constante desafiaba el peligro. Olvidando sus chistes se complacía en recordar los de los demás, y por eso siempre que recibía letras de España, antes de cobrarlas decía: -Mirar á ver si están en su Juicio. Y fué que una vez nuestro amigo Carreño, hombre gracioso como pocos, tenía que hacer u n pago y prometió hacerlo al día siguiente con el importe de una letra que esperaba. Y la letra llegó y Carreño le dijo á Albareda: ¡Estoy contrariadísimo, porque iba á pagar con esto (y sacó la letra del bolsillo) y resulta que me han enviado una letra loca! ¿Cómo loca? -Sí, señor; he ido á cobrarla, ¡y me dicen que le falta (I conocimiento ¡En aquellas mañanas íntimas, Albareda y yo discutíamos sobre presente y porvenir, y yo decía: -Un día se acordará el pueblo de Madrid de quién es, y os va á echar á todos por la ventana. ¡Pero hombre, exclamaba José Luis, si el pueblo de Madrid está jubilado! ¿Qué es eso de jubilado? -El pueblo hizo proezas, se batió en las calles, hizo la Revolución, todo. Y luego pidió el Retiro. El duque de F e r n á n N ú ñ e z se lo dio, y allí acabó la juelga. ¡Es un pueblo retirao, no hay m á s que acordarse I ¡Profunda observación! Es verdad. ¡Hace años que todos pedimos el retiro! EüSEBio BLASCO