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COSAS DE ALBAREDA Si yo fuese á contar todas las frases, hechos, actos y palabras de mi inolvidable amigo Albareda, llenaría el periódico. Porque era tan ocurrente, y, como dicen en Granada, tan resalao y tan ágil, que la mitad de su carrera la hizo con la gracia. Tipo españollsimo, andaluz puro, que no perdió nunca el dejo de su tierra ni aquel ceceo con el que hablaba su lengua y las extranjeras. E n francés y en inglés se entendió bien con la gente, pero hablaba el inglés en estilo del Puerto. Lamartine decía que se puede perder la nacionalidad y aun el amor de la patria, pero el acento patrio se conserva toda la vida. Con acento alemán cantó siempre la Krauss en varios idiomas, y con acento español cantó en francés Gayarre. Va para cuarenta años que salí yo de mi pueblo, y todavía hablo en baturro. Albareda era ocurrente en la conversación, y lo que se le ocurría había de decírselo, del rey abajo, á todos. Todo el mundo sabe que á D. Alfonso X I I le dijo cosas á que nadie se hubiera atrevido á decirle, pero que al rey le hicieron mucha gracia y las perdonó de buen grado. -Albareda, le dijo una vez que mi amigo era ministro, ¿es verdad que usted ha hecho diputado á Fulano? -Ez verdá, zeñor. ¿Y cómo ha hecho usted venir á las Cortes á un hombre tan bruto? -Zeñó, iporque ez menezter que haya de tóol El rey le tomó grande afecto, porque los reyes, mal acostumbrados y hartos de no oir en derredor más que adulaciones y mentiras, suelen tomar afección por el que es sincero. En cierta ocasión había u n gran almuerzo en el Pardo, y el rey ofreció á sus comensales un vino producto de la finca real, encerrado en botellas con etiquetas preciosas y coronas y papel dorado. Todo el mundo lo celebraba mucho: el duque de Ta 1, el embajador Cual, la dama ésta, la ministra aquélla- -Vaya, pruebe usted mi vino, Albareda, y déme su opinión. Y Albareda, después de paladearlo, y con gran acento de respeto: -I Zeñor, malos los he bebido en mi vida, pero como ézte ninguno I Al día siguiente le envió el soberano una caja de botellas de Jerez magnífico. ¿Pues y aquel día en que se hablaba de Cumberland, aquel famoso adivino que estuvo en Madrid y al cual no se le resistía nada? Se le ocultaban los objetos en sitios imposibles, y los descubría infaliblemente. Una aguja clavada en u n árbol del Retiro la encontraba en seguida. Era célebre en Europa, y en Madrid obtuvo gran éxito. -Es asombroso, dijo un día el rey hablando con varios