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wí l CARTAS MADRILEÑAS 4 UN AMIGO PROVINCIANO 13- 1197 irmm Madrid quiere olvidar, amigo mío. Qaiere olvidar que en lejanas tierras se derrama sangre española, y daría los monumentos más preciados de su grandeza, el edificio del Banco de E s p a ñ a y la hermosura de la marquesa de H, porque se borrara de nuestra bandera la franja roja, que crece y crece á medida que la amarilla va menguando. A, ¡Triste destino de u n estandarte tan glorioso teñirse todo de un color, como el lienzo que se ajusta á una herida, Dentro de poco, el pabellón que tanta gloria cobijó bajo sus pliegues ya no será bandera, será un aposito. Pero n o pensemos en cosas tristes; olvidémoslas, como Madrid pretende olvidarías. ¿Que cómo las olvida? Con el rumor que producen las puertas de los teatros al abrirse. Y a verás; comienza el reinado de la música. El teatro Real ha reclutado una legión de excelentes artistas. Como ahora se dice, tiene ó dispone de u n elenco de primer orden. Hubo sus más y sus menos sobre si al paraíso se le cortarían las alas, es decir, sobre si se transformarían ó se acotarían en palcos las dos extremidades que avanzan hacia el escenario, dos brazos que lo mismo podían aplaudir que ahogar á u n cantante. Intervino el ministro de Fomento, y los brazos del paraíso continuarán como estaban; pero ¡ay, amigo mío i aquel paraíso que tú conociste, aquel paraíso de nuestros casi místicos deliquio? no existe ya. Conservará los brazos como u a caJáver conserva los suyos; el conde de Xiquena se opu o á esa mutilación sacrilega; pide al sepulturero de tu pueblo que le escriba dándole las gracia pero el pobre paraíso del teatro Real murió hace mucho tiempo. Cuando tú leas esta carta mía tropezarán en los baches del entarugado de la calle del Arenal muchísimos coches blasonados, é irán después asomando en A foyer del regio coliseo muchísimos rostros femeninos que llevan en sus lineas sus mejores blasones. El maestro MancineDi empuñará la clásica batuta, los violines chinearán u n la estridente y repetido como las asonancias de un verso, y los profesores del metal, único consuelo de nuestros ministros de Hacienda, dispondránse á soltar más moros que hubo sobre Melilla e a aquella jornada de tristísima memoria. Y mientras es 03 instrumentos, violines, oboes, trompas y trombones, desafinen cada uno por su lado para formar después armónico conjunto en soberano acorde, irán entrando paulatinamente en sus palcos la rubia marquesa de X, delgada y gentil como una eílfide, y la abundante generala Z, cuya belleza evoca profanos recuerdos de Pomona, la diosa de los pródigos y sazonados frutos. A cada la inarmónico de los violines responderá la aparición de una nueva belleza en su palco, y á cada moro tímido de las trompas el avance de un personaje de la política ó de la banca hacia la barandilla de la platea. Y cuando cese el rumor de las afinaciones y cuando se calme el ruido de los portazos en los palcos, levantará, mirando á diestro y siniestro, Mancinelli la batata y estallará la orquesta en el primer grandioso acorde del Lohengrin, y brillará en la sala el deslumbrador conjunto del todo Madrid envidiado y dichoso. Qué espectáculo, amigo mío, para los oídos y para los ojos! Sé que vas á reprocharme lo del espectáculo para los oídos; pero qué hemos de hacerle, mi bueno y querido amigo, si alguna vez el peor dibujante se siente colorista! Figúrate, cerrando los ojos, en provincias lo que mil veces has visto en Madrid con los ojos abiertos: descotes de Rubeiis, rostros de Goya, brillantes de Ansoreua, telas de Escolar y cuarteles heráldicos de la toma de Granada. Y figúrate, alargando las orejas en t a pueblo como las alargabas, apretando los labios para contener el aliento, en el paraíso del Real, aquella suprema armonía de los primeros compases de la obra de Wagner, en los que se adivina el deslizarse del cisne sobre las aguas del Escalda, llevando ó trayendo, como tú gustes, al caballero del Santo Gráal, que va ó viene á defender la virtud de Elsa. É imagínate aquellos encantos de la vista y estos regocijos del oído bañados por la cristalina luz eléctrica, rayo que se ha hecho mujer para agradar á las mujeres, y muérdete de rabia los puños en ese obscuro rincón donde vegetas, ó preséntate, desesperado, candidato á la diputación á Cortes por cualquier distrito sin contar con Moret ni con Gamazo. Pero no, amigo mío; ni mordeduras ni diputaciones. Acuérdate de que mientras eso acaece ó deslumhra en la sala, en el desierto oí er del teatro Real se queda solo y triste el busto de Gayarre; de aquel Gayarre que tú y yo oímos estremecidos desde aquel ángulo del paraíso, donde los acomodadores nos permitían fumar para que no nos ahogara el éxtasis; de aquel Gayarre que murió llevándose á la tumba la más preciada porción de su reino, el paraíso del teatro Real, único monarca que ha bajado al sepulcro llevándose consigo su monarquía. Y acuérdate también de que, como antes te dije, Madrid quiere olvidar. Quiere olvidar que mientras en la escena del regio coliseo aparece Lohengrin cubierto con brillante armadura á proclamar la inocencia de Elsa y á recibir su amor ante una corte de Elsas, menos inocentes tal vez pero no peor alhajadas, que se apiñan en los palcos, suena en la Cuesta de San Vicente el m i d o del coche de la Cruz Roja que conduce á hospederías y sanatorios á esos pobres Lohen-