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Siempie que los señores maj ores evocan el recuerdo de sus buenos tiempos, reniegan del presente, no encontrando nada comparable á lo que ellos vieron y admiraron en su juventud lozana. Sobre todo en lo que se refiere á las mujeres. Qué hermosas eran las de mi tiempo I, dicen todos. No había más que bajar al Prado para quedarse asombrado ante la contemplación de tanta belleza. Y para coafirmar su aserto, comienzan á citar nombres propios, y resulta que las que vemos lioy abrumadas por los años, desfiguradas por los achaques, las arrugas y las canas, fueron deidades que sin injubticia hubieran podido obtener en el juicio de Paris la clásica manzana. No lo negamos. Y más que las opiniones interesadas de los que no encuentran hermoso más que lo que vieron en los felices días de su lejana juventud, lo demuestran los retratos que se conservan de aquellas famosas beldades que fueron gala de la corte en los días de la aurora del régimen parlamentario, á poco de venir de Ñapóles la reina doña María Cristina á abrir las puertas de la patria á los emigrados que sufrían entre las nieblas de Londres y París, á fundar el Conservatorio y á embellecer con auras de libertad y renacimientos artísticos aquel sombrío reinado de Fernando Vil, que sin el influjo de la hermosa princesa napolitana se presentarla á la historia sin un solo rayo de luz que le iluminase. Hermosas eran las damas que retrató D. Vicente María López, y beldades peregrinas copió el pincel de Eequivel padre; y cuando las vemos en las miniaturas ó en los retratos de tamaño natural, con los veftidos ceñidos al escultural cuerpo, los talles altos, las mangas huecas y los monumentales peinados en que una ave del Paraíso con todo su plumaje no era abrumador adorno, no podemos menos de envidiar á los felices mortales que fueron favorecidos por aquellas deidades. De las que las siguieron en el imperio de los corazones, nos dan idea los retratos famosos que ha dejado Federico Madrazo, el pintor que mejor supo trasladar al lienzo las perfecciones femeninas, el artista maravilloso, que pareció nacido para pintar mujeres, flores, plumas, encajes, sedas: lo más delicado y lo más bello de la creación! Pero ¡aún hay patria, Veremundol O lo que es lo mismo; aún hay en España bellezas y quien sepa pintarlas. Las bisnietas ó nietas de aquellas mujeres hermosísimas no pueden ser feas; y si nos sobran desgracias y andamos metidos en crueles guerras y no muy sobrados de dinero, no nos faltan, para consuelo de nuestros males, mujeres bonitas que conserven la fama de hermosas de que con justicia gozan las españolas. Y si no, ahí están los retratos firmados por Vaamonde, que lo demuestran. Por el artístico estudio del joven y simpático artista han desfilado en los tres últimos años muchas de las bellezas femeniles que residen en Ma- drid, y él las ha retratado por el procedimiento fino y delicado del pastel, que ha vuelto á poner de moda. Porque el género en que hicieran tantos prodigios los Latour, los Liotard, Pernoneau, Kosalbe, Carniera, había sido no poco olvidado entre nosotros hasta que Vaamonde, con el retrato de la insigne escritora Doña Emilia Par-