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nacional de que hablamos, logrado en el extranjero por el deporte hípico y acaso imposible de alcanzar en España, porque para espectáculos nacionales basta con uno, y aquí ya tenemos los toros como artículo exclusivo y de exportación imposible. Los que con cinco duros en el bolsillo para a p u n t a r en las Apuestas mutuas, ó con su ración de fiambre en el bolsillo para merendar en los montículos del barrio Monasterio, concurren por Mayo ó por Noviembre al Hipódromo de Madrid, no pueden formarse idea aproximada de lo que son el Derby en el hipódromo de Londres y el Grand Prix en el hipódromo de Longchamps. El entusiasmo de la población de Londres por el Derby sólo es comparable al que sentiríamos aquí en el circo taurino si no hubiese más que una corrida de toros al año para toda España; la preparación de jinetes y oabaUos, el estado de las principales cuadras, las probabilidades en favor de éste ó del otio i w sivq se di cutcn co ó árabe, acaso encontráramos en muchos monumentos epigráficos y numismáticos señales ciertas de las aficiones hípicas del pueblo español. Sirvan de ejemplo las numerosas monedas qué lucen en su anverso u n caballo al galope cuyo jinete ostenta victoriosa palma, y dícenlo también las costumbres militares de los árabes, cuya potente caballería fué igualada después por los cristianos, merced á repetidos estudios y trabajos sobre las razas de caballos indígenas. Estos h a n tenido y tienen fama universal; un potro andaluz es admirado en todos los países, y en todos alcanza valor grandísimo; las razas hípicas españolas, así como las razas árabes, han servido siempre de base para cruzamientos y entronques con otras razas m á s flojas y menos bellas. Mas, ni hay espacio, ni es ésta ocasión para tales disquisidones. Tratamos tínicamente de las carreras de caballos tal como hoy las encontramos establecidas, con reglamen s organización similares lo tm m. mismo en Francia que í rStMni. I l u Itifflaterra, V en los m e n t a n con antenoiidad a l a s caneía y la celebn dad de c i h a lio vencedor da la u e l t i al mundo Cosa p a i e cidaocuiieen P a i í s donde el entusiasmo poi la carrera del PiiTC Grand es m menso allí b hiten las foi letfes femeni nasqueponen la moda ipso fado, y allí se desborda el sentimiento patrio cuando el caballo vencedor pertenece á una cuadra francesa. Al lado de tales entusiasmos, incomprensibles aquí, tienen los hipódromos extranjeros inconvenientes que aquí no tocamos por fortuna. Me refiero á la explotación y al agio oscan lalosos de los bookmnkers ó agf ntes de apuestas, cuyos abusos han ocasionado á veces graves cuestiones. El sistema de Apmsias mutuas establecido en España tiene garantías de moralidad mucho mayores. Las carreras de caballos en su organización actual tienen origen inglés indudable; inglesas son todas las palabras que pudiéramos llamar técnicas del deporte hípico; joekeys se llaman aquí, como en Londres, los jinetes contratados ó asalariados, y gentlemen- riders los caballeros que por gusto ó por afición se disputan los premios de resistencia y velocidad. Pero si, lo que Dios nos libre, hiciéramos remontarse al lector hacia la antigüedad hispano- romana, visigótica fi btados L nidos como en Rusia, uno de los países que más han hecho para mejorar sus hermosas razas hípicas, que dan fama universal á la caballería cosaca. En España es relativamente reciente la creación de la Sociedad para el fo. nado de la cría caballar, que es la que patrocina y organiza el espectáculo. Desde mediados de siglo se hicieron muchas tentativas para construir en Madrid un hipódromo á la inglesa. Los primeros fueron de propiedad particular y se abrieron en los terrenos de algunas casas aristocráticas; hubo luego el hipódromo de la Casa de Campo, propiedad de la Familia Rtal, y por fin el Hipódromo actual de la Castellana, que se inauguró en Enero de 1878, siendo aquellas carreras uno de ios festejos organizados con motivo del casamiento de D. Alfonso X I I con doña María de las Mercedes, hija de los duques de Montpensier. Para los sportmen que en Londres, en Nueva Yorlc, en París y en otras capitales del extranjero han presenciado el espectáculo hípico, pocas novedades ofrece la fiesta en España, fuera del sol espléndido que en las carreras de primavera cae sobre los hipódromos españoles. Sin embargo, existe en España una especialidad muy digna de notarse; las carreras militares, que con premio del minis-