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í KL KEY im SIAM Y LOS rRl Cll JÍS troupe, de los que comaban mil fantasías. Asi que cuando el tren se demvo y 8. M. bajó del coche- salón, el desencanto más grande f e pintó en las asombradas caras de la multitud, que esperaba ver á los siameses vestidos con zorros y plumeros, llenos los bronceados cuerpos de jeroglíficos y j... saltos de caballo y una ani. lita en las narices. EJ rey saludó á todo el mundo, y seguido de los suyos y de los representantes de Palacio y del Gobierno tomó asiento en los landos del Real Patrimonio. Las mujeres, más curiosas que los hombres siempre, se acercaron cuanto pudieron al coche para verle más á su sabor. -lAy! qué amarillos son, chica. -Tendrán la solitaria. -Pero mira, amarillo y too, tie no mil mujeres jpa él solo, y tiene que calzar á cien chicos. Más de tres horas invertimos en la visita al Monasterio, acompañándonos en nuestra tarea el Padre Blanco García, tan bien vis to en el mundo de las letras. S. M. siamesa se mostró muy satisfecho de todo; examinó detenidamente algunas obras, y principalmente puso su atención en las ricas vestiduras que en la sacristía le enseñaron los Padres Agustinos. Se arrodilló delante de los restos del inolvidable monarca Alfonso XII, y sorprendióle mucho la austeridad de la habitación que ocupaba Felipp 11. Después indicó á los acompañantes su deseo de ver una celda, y entró en la del Padre Prior del Monasterio. Ahí descansó un momento, y siguió la visita á la Universidad y á alacio, donde se celebró el almuerzo. En la mesa conversó con todos, dirigiéndose á cada momento á sas dos hijos, por los que muestra verdadero cariño. Después se volvió á nosotros, y nos preguntó ei estábamos contentos de las fotografías hechas, á lo que desde el primer momento se mostró propicio. Luego, y muy de prisa porque el tren real aguardaba, visitó la Casita del Príncipe; el rey se detenía ante aquellos preciosidades, llamaba á los suyos, y éstos se admiraban de real orden. A a una menos cuarto falió el tren real, y en él volvimos á Madrid, gracias á la amabilidad del duque de Santo Mauro, gentilhombre y gentil persona, y á la del subdirector de la línea Mr. Polack. En Torrelodones estaba Frascuelo, dispuesto para saludar al monarca. Al ver á Frascuelo, no faltó quien le dijera al rey que aquel era un gran torero; entonces fué cuando entró en ganas S. M. de presenciar una corrida de toros. S. M. EN BL MONASTERIO DEL ESCORIAL.