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-José María, he de decirte una cosa una cosa rara de papá. -Di, querida ¿Una cosa rara? -SI, verás No te admires Hay un millón de reales en monedas de oro, escondido en el cortijo de Guadeluz. -Xo, tonta- -exclamó sobrecogido y con siíbita vehemencia José María. -No has entendido bien. ¡Ni poco ni mucho I Donde está oculto ese millón, es en la d hesa de la Corchada. Por Dios, Joseíllol Pero si papá me lo explicó divinamente, con pelos y señales Es en la sala baja; hay que contar dieciséis ladrillos á la izquierda, desde la puerta, y al diecisiete está la piedra con argolla, que cubre el tesoro- ¡Te aseguro que te equivocas, mujerl Papá me dio tales pormenores, que no cabe dudar. En la dehesa, junto al muro del redil viejo, que ya se abandonó, existe una especie de pilón donde bebía el ganado. Detrás hay una arqueta medio arruinada, y al pie de la arqueta, una losa rota por la esquina. Desencajando esa losa, se encuentra un nicho de ladrillo, y en él un millón en peluconas y centenes- -Hijo del alma, ¡pero si es imposible! Créeme á mí. Cuando papá te llamó estaba ya peor, muy en los últimos; quizás la cabeza suya no andaba firme; ¡pobrecitol Yo tengo sus palabras aquí, esculpidas- -María- -declaró José cogiendo la mano de la joven, después de meditar un instante, -lo cierto es que hay dos depósitos, y sólo así nos entenderemos. Papá me advirtió que me dejaba ese dinero exclusivamente á mí- -Y á mí que el de Guadeluz era únicamente mío- ¡Pobre papá! -murmuró conmovido el oficial. ¡Qué cosa más extraña! Pues si te parece, lo que debe hacerse es ir á (iuadeluz primero y á la Corchada después. Así saldremos de dudas. ¡Qiié gracioso sería que no habiese sino uno! -Dices bien- -confirmó María Josefa triunfante. -Primero adonde yo digo, ¡porque verás como allí está el tesoro! -Y también porque Inviste el acierto de hablar antes, ¿verdad, chiquilla? Has de saber que yo no te lo decía, porque temía afligirte; podías creer que papá te excluía, que me prefeiía á mí ¿qué sé yo? Pensaba sacar el depósito y darte la mitad sin decirte la procedencia. Ahora veo que fui un tonto. -No. no; tenias razón- -repuso María confusa y apurada. -Soy una parlanchína, una imprudente. Debió prevenírseme eso Debí buscar el tesoro y hacer como tú, entregártelo sin decir de dónde venía ¡Qué falta de pesquis I -Pues yo deploro qne te hayas adelantado, -contestó sinceramente José, apretándolos finos dedos de su hermana. De allí á pocos días, los mellizos hicieron la excursión á Guadeluz, y encontraron todo puntualmente como lo tiabía anunciado María Josefa. El tesoro se guardaba en un cofrecillo de hierro cerrado; la llave no pareció. Cargaron el cofre, y sin pensar en abrirlo siguieron el viaje á la Corchada, donde al pie de la derruida a r q u e t a hallaron otra caja de hierro también, de igual peso y volumen que la primera. Lleváronse á casa las dos cajas en tana sola maleta, encerráronse de noche, y José María, provisto de herran lentas de c e r r a j e r o las abrió, ó mejor dicho, forzó y destrozó el cierre. Á saltar las tapas, brillaron las acumuladas monedas, las hermosas onzas y las doblillas, que los dos hermanos, sin contarlas, uniendo ambos raudales, derramaron sobre la mesa, donde se mezclaron como Pactólos que confunden sus aguas maravillosas. De pronto María se estremeció. -En el fondo de mi caja hay un papel. -Y otro en la mía, -observó el hermano. -Es letra de papá. -Letra suya es. -El tuyo, ¿qué dice? -Aguarda acerca la luz dice así: Hijo mío, si lees esto á solas, te compadezco y te perdono; si lo lees en compañía de tu hermana, salgo del sepulcro para bendecirte -El sentido del mío es idéntico, -exclamó después de un instante, sollozando y riendo á la vez, María Josefa. IJOS mellizos soltaron los papeles, y por encima del montón de oro, pisando monedas esparcidas en la alfombra, se tendieron los brazos y estuvieron abrazados buen trecho. E 5! ir. T. PARDO BAZÁN DIBUJOS DS M É N B E Z BRINGA