Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
EL PODER DE LA INOCENCIA (CUENTO DE DOS SIGLOS H A) I El corral se parecía al de la Perendenga como una gota de agua á otra gota. El corredorcillo de carcomido barandal de madera, del que pendían mantas tan agujereadas como mugrientas, sábanas que no hablaban muy alto en pro de la limpieza de los lechos á que servían de componente, y alforjap, enjalmes y otros utensilios, amenazaba dar en el 5 suelo con su frágil artificio, segtín era- el número de personas que se apiñaban en él. I Y en el patio no era menos apifia- da la muchedumbre, á quien á pesar if, ví j -i; -v- i i llenarse la boca de llamar ilustre s e n a d o j docta congregación y respetables oyentes el muy redomado t r u h á n de maese Gil ávalos el titiritero, no trataba de obra con la misma cortesanía que de palabra, puesto que á golpe de pretina, que esgrimía con más habilidad que la negra el comendador Carranza, hacía corro, levantando acá y acullá cada verdugón tamaño como el puño. Pero todo lo llevaban con paciencia y hasta con jubiloso contento los maleantes arrieros, no todos del pecado de c u a t r e ñ a redimidos, las mozas más andariegas que lo que al recato femenil conviene, y los estudiantes menos versados en Bártulos y Baldos que en embustes y trapacerías, que era lo más florido de que el susodicho respetable senado estaba compuesto. Porque lo cierto y verdad es que la cosa no era para menos, ni era dejar escapar la fortuna, ya que la casualidad se la deparaba, las habilidades de los títeres, volatines y trastujos amaestrados con que maese Gil, según él propio decía, había asombrado á las más empingorotadas personas de las cuatro partes del mundo, desde la beatitud del Santo P a d r e hasta la incorregible pravedad del emperador de Trebiíonda, m á s moro que Mahoma y más luterano que el mismísimo príncipe de Orange. Pero lo que todos aguardaban con mayor empeño y curiosidad eran las raras habilidades de una mozuela á que los m á s avizorados BÓIO habían logrado entrever, y que como sultán celoso encubría y tapaba el maese, no temeroso de enamoramientos de que ya sabía él que la arisca doncella se defendería c o m o pantera hircana, sino ganoso de que la sorpresa produjera mayor asombro en el concurso. Por eso sin duda no pasó de mediana la atención consagrada á los saltos y traspantojos de un perro que, aunque su amo decía ser raro presente del Kan de Tartaria, á mastín de ganado y de los más roídos de la sarna olía á cien leguas; por eso, ni que el Dávalos se tragara la hoja de una espada más larga y comida del orín que la propia Colada, después de atascarse los gañotes de estopas encendidas, ni que el rapaz desmedradiUo y jorobado, que tan pronto se desgañitaba encomiando las excelencias de los títeres como haciendo las más raras carantoñas y dando los m á s descomedidos saltos, consiguieron arrancar un solo grito de entusiasmo á la multitud, que sólo muestras de impaciencia daba espera del pajar, en que cautiva la tenía hasta el momento preciso, aquella oriental perla que bailaba zarabandas en una cuerda no más gruesa que el meñique, y que siendo más tenue y leve de cuerpo que ligera pluma, con sólo los dientes, que eran menudicos y blancos como piñones nuevos, levantaba más de dos palmos del suelo la carga con que no hubiera podido ni el m á s zancudo de los asnos de Córdoba, que tengo por los mayores del mundo.