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FIESTAS EN ZARAGOZA LOS CABEZUDOS I Que no me muera sin volver á ver loa de mi tierral exclamaba yo esta verano viendo unos gigantones y cabezudos que sacó aquí D. José Arana. I No, que no me muera sin verlos desde un balcón del Coso, recordando cuando los veía de chico corriendo delante de ellos I Porque es claro! para un castellano, un andaluz, un pasiego, un francés ó un ruso que vayan á Zaragoza á las fiestas del Pilar, los cabezudos serán una cosa extraña, -drole, típica, característica de nuestra provincia. Para nosotros los aragoneses son otra cosa. Son los primeros años de la vida, constantemente reproducidos. ¡Son el día de asueto, feliz, pasado corriendo calles y calles, oyendo el tambor y las chinflainas y temblando de que el cabezudo le diera á uno una somanta con la zurriaga. Ahora iría yo á Zaragoza aunque fuese á pie rompiendo calcero, y madrugaría al día siguiente de llegar para oir el ruido de la chiquillería que en temeroso tropel asomará por la calle de San Gil (para mí aún es calle de San Gil) huyendo de los de las cabezas gordas, que asoman las alpargatas por debajo de las sayas. Cada uno de aquellos chicos soy yo, era yo, fui yo. ¡Dios mío! ¡Cuántos años I ¡Cuántas aventuras, cuántos viajes, cuántas amarguras, cuántos desengaños, cuántas luchas desde que dejé de ser ese, aquél que corre gritando el Marico el Pilar I, mientras suena el tamborreo y salen á las ventanas señoras, criadas, niñeras con los niños en alto, á los que les dicen que los cogerán los cabezudos si son malos I i Todos hemos sido malos desde entonces I Todos hemos mentido, plantado novias, requebrado mujeres, falseado programas, fingido pasiones 0 h, qué inocentes éramos entonces! Todo nuestro terror nos lo infundían los cabezudos, que creíamos hombres de veras Después han venido otros miedos, esos que nadie confiesa y que se suceden en las batallas de la vida Los cabezudos aragoneses, con ser tan toscos y tan feos, se ven desde lejos cuando llegan estos días de la fiesta regional. Y así romo la Virgen aquélla no es ya símbolo ni imagen religiosa para el pensador, sino una bandera, una muralla, un libro de historia, un blasón de familia, los cabezudos son los dichosos primeros años de la vida. Adornan la casa colgados de las paredes los retratos de familia, las fotografías de los amigos íntimos, los títulos académicos, los diplomas de las craces de esto ó de lo otro. Yo voy á poner en un cuadro estas fotografías de los cabezudos de mi tierra que hoy da BLANCO y KKGEO, EL liEKRUGÓN KL A ORICO DKL I ILAH -t ¿fflfc- t i y los he de colgar entre un Frascuelo y un Tomás Castellano. ¡Todos unos! Todos recuerdos de días pasados. ¡Los cabezudos! Así gritaban mis paisanos hace cuarenta años; así gritarán ahora. ¡Los cabezudos! Y el obrero deja el trabajo, y el tendero su mostrador, y el abogado su bufete, y salen todos á puertas y ventanas, y la turba de muchachos viene anunciando á los heraldos de todas las fiestas, porque sin que ellos salgan la víspera no hay fiesta posible. Y hay ceudadano que los toma en serio, y con el crío en brazos y en mangas de camisa los espera en la puerta de la carpintería; y como el crío llora espantado al verlos lie gar y oculta la cabeza en el cuello de su padre, éste, sujetándole con el brazo izquierdo pegado al corazón y amenazando con el puño derecho al cabezota, le dice: Remoño! ¡Como taeerques á la criatura, te espiazo I EusEBio BLASCO EL TUERTO il KL GOKRIOO COLORAO