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D Nicolás, D. Nicolás! El médico se despertó restregándose los párpados, y sin. darle tiempo á abrir la boca le dijo el granjero entre regocijado y temeroso: ¡Corra usted, que me parece que de ésta despacha! Sustituj ó de pronto en la cocina á la pasada quietud un febril movimieii to. Entraron y salieron varias veces las criadas llevándose agua caliente y vinagre y más azúcar, poniendo en alarma al gato, que había reemplazado al médico en e! sillón; oyóse en el techo patalear, ir y venir de varias personas, como arrastramiento de muebles, y al fin, clareando el día, penetró en la estancia una moza en busca de anís, y mientras revolvía en el vasar, bajó otra á meterla prisa gritando: Ya, M a u r i c i a ya! ¡Un chico! II Fué una escena terrible, de un supremo dolor, la de la vuelta al hogar del pobre inválido. Entró en aquella m i s m a cocina en una tarde otoñal, apoyándose en el brazo del granjero, que había ido á encontrarle en la capital de la provincia para acompañarle hasta la querida casa que no había de volver á ver más. Detrás de ambos penetró silencioso y conmovido un pelotón de gente, lo principah to del pueblo próximo y de las vecinas m a s í a s Su mujer se Té abrazó lloran do, y quedó casi sin sentido colgada á su cuello, olvidándose al pronto hasta de su hijo, blandamente dormido en los brazos de una criada vieja que también meció en su infancia á la madre. La primera palabra del héroe fué para el niño. ¿Y mi hijo? ¡Su hijo! ¡El varón deseado! Se marchó á campaña cuando el nuevo ser empezaba á latir en el claustio materno; todos sus sueños de la ausencia, reflejados en sus cartas, cifrábanse en el vastago aún no nacido; su venida al mundo, aspiración suprema, continuo anhelo de su vida, constituyó una alegría infinita, la única de su existencia azarosa de soldado, siempre en peligro; y la suerte, que le preparaba una traición, habíale robado para siempre la inmensa dicha de verle, de saber cómo era, haciéndole perder ambos ojos de un metrallazo. De verdadero mi lagro podía calificarse el que lo contara. E n la bocamanga de la guerrera traía las insignias de comandante, testimonio de su bravura: dos ascensos ganados con la espada. ¡Honores inútiles y sarcásticos en u n ciego I Con dedos afanosos estuvo palpando detenidamente al niño, mientras su madre se deshacía á llorar. También los granjeros procuraban en vano i i i S- K detener el llanto en sus Bfe. áfí f mejillas, completando el c V f coro de lágrimas los vecinos, que se habían apoderado de la cocina, penetrando detrás del pobre mártir de su deber. Sólo el comandante no gemía, y con su serena tristeza estudiaba al tacto el des arrollo de los diez hermosos meses de la criatura. ¡Qué h e r m o s o es! murmuró luego plácidamente. ¡Y no poderlo ver, Dios mío I balbuceó la po bre esposa desolada, sin creer que sería oída. Pero no sucedió así. Sus palabras, llenas de desesI peración, fueron escucha. das por el inválido, y buscando con esa mano exploradora de la ceguera la cabeza de su mujer, la estrechó con trasporte, y la dijo con resignada dulzura, con admirable conformidad, arreglándose la pantalla verde que cubría sus órbitas huecas, sólo él sereno: ¡Oh! te equivocas! También yo lo distingo á mi manera. ¡Y estoy seguro que no le vería más hermoso con los ojos del Í 3 uerpo que le veo con los del alma! ÁLFOXSO P É R E Z NIEVA DIBUJOS DE J I É N D K Z BRINGA