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LOS OJOS DEL ALMA Aquel día olvidáronse en la granja las diáriaa tristezas, y la golondrina que se quedaba hacía dos años á invernar en la cocina rústica por no poder ya con las alas, debió de extrañar que en toda la noche de la víspera se apagase la lumbre en el fogón, y que á cosa de las once se viniesen á buscar el alegre calor de las llamas el granjero y un señor ventrudo de cara de luna llena, que era ni más ni menos que el médico del cercano pueblo en persona. -Si hay alguna novedad, avisarme en seguida, díjole á la granjera, que bajó á la cocina por un poco de azúcar para sahumar la alcoba de la enferma; y sacando petaca y librillo hízose el médico un buen cigarrazo, que encendió en un tizón de la lumbre, á la vez que el granjero le ponía al alcance de la mano, sobre la próxima mesa, una botella de lo añejo y un vaso de cristal. Vamos, D. Nicolás 1 Un chupito, que la noche está fría y la lumbre sólo calienta por delante. tf rfi w- í aHBjt El médico aceptó el convite de buen grado, y echándose entre pecho y espalda un trago mayií- culo, exclamó- luego castañeteando la lengua: ¡Cosa superior, amigo Braulio I Con la compañía de esa real moza (y la cara de plenilunio se le llenó de risa) ya se puede esperar el alumbramiento de su hija de usted, aunque se pase uno aquí la noche en claro oyendo el viento desatado ahí fuera. ¿A qué hora cree usted que librará la chica? preguntó el granjero. -Al rayar el día. Hubo un instante de silencio, en que sólo turbó la quietud de la estancia eF chisporroteo de los troncos al quemarse, avivados por el zarzagán que bajaba por el cañón de la chimenea. -I Qué ajeno estará en el pre- í sente instante su yerno de usted de que le va á nacer un hijo! exclamó el médico después de dar un chupetón al pitillazo y tirar la colilla á la hoguera. -Puede que esté batiéndose, dijo el granjero; la carta que nos trajo el último vapor anunciaba iri. 1,1- segura una próxima batalla. Hasta i ii. r. i. en buena ocasión lo diga ha tenido suerte. En los ocho meses que lleva- en operaciones, ni un rasguño. Pero lo que pasa, según nos escribe, no es para contado. ¡Y aún hay brutos que quie ¡en guerras! Vmieran á los pueblos y vieran los trastornos que causa, y cambiarían de opiniónl Calcule usted, mi hija, quedándose en ese estado y gracias á que le vivimos sus padres, que nos la trajimos con nosotros! Pero todas no se hallan en igual caso, jCuántas familias desbarajustadas, cuántos trastornos! Y menos mal los que vuelvan. -Tiene usted mucha razón, concluyó el médico tristemente. Pero esa es la vida. Enmudecieron. A poco el médico dio una cabezada, y el granjero se levantó en silencio y se fué. Pero aquella cabezada era la primera de una serie que había cogido por su cuenta al facultativo, de sueño fácil y hecho á dormir donde se pudiera cuando las circunstancias lo exigían. Así no extrañó la postura ni el sillón de paja, y hasta se puso á roncar arrullado por la gratísima lumbre Ya cantaba el gallo cuando el granjero entró precipitadamente en la cocina gritando; 4