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de la iglesia, la soledad del templo y la falta de luz le sugirieron una idea diabólica: la de oir los pecados de su mujer. El pensamiento era fácil de realizar, porque el confesonario se hallaba en una capilla obscurísima y junto a u n a pilastra á cuyo lado había una puerta que comunicaba con otra capilla menos alumbrada todavía. Todo estaba reducido á entrar por esta última y quedar escondido tras de la pilastra. Estaba ya cerca de su escondite, y uu estremecimiento de miedo le hizo detenerse; pero la curiosidad venció todos los terrores, y se situó en el sitio escogido de antemano. Se oía todo perfectamente. El sacerdote, de avanzada edad, necesitaba que le hablasen fuerte, y contestaba á su vez en forma tal, que se oían claramente todos sus consejos. Cuando Mendoza llegó á la pilastra, hablaba el cura. -Ya la he dicho á usted muchas veces, decía, que eso no tiene remedio. Usted hizo muy mal en casarse con un hombre que no amaba ni ama. Ahora tiene usted el deber de sufrir con resignación el infierno que usted misma se ha proporcionado en esta vida jurando ante los altares un amor que no sentía, y engañando de esa manera á un hombre que creía en la sinceridad de sus palabras. El sacrificio que ahora tiene usted que hacer ofrézcalo en expiación de haber mentido al celebrar el santo sacramento del matrimonio, y acuda usted nrucho á la oración, pidiendo faerzas todos los días á Nuestro Señor Jesucristo para que haga de usted una esposa modelo y constituya la felicidad de su marido. No quiso oir más Mendoza, y sin aguardar á Matilde corrió furioso á su casa. -No me quiere, pensaba; no me ha quei ido nunca Lo he debido conocer antes Y para eso vendí mi alma al diablo 1 ¡Ha sido una estafa, una estafa infame de Satanás! ¡Que ven ga á buscar mi alma des pues de lo que acabo de saber! ¡Que venga! ¡No se atreverá. seguramente! Amenazando en su interior al demonio, llegó á la puerta de su hotel. Kl portero le anunció que un caballero enlutado le esperaba en su despacho hacia unos minutos, y que según había i n d i c a d o traía un apunto urgentí simo que tratar. Mendoza s u b i ó apresuradamente las escaleras y se en con tro en su despacho con el propio Satanás y en l; i misma forma en que se le presentó hacia diez años- -Queri lo amigo, le dijo tendiéndole la mano, aunque no nie lia llam; i do usted, -he venido por creer que me necesitaba- ¡Eres- axi m ¡s: rab e estafador! gritó Mendoza retirando la mano. -Gracias, contestó Sa- tanas. Lo de todos: os doy gusto en lo que pedís, y luego me insultáis. ¿Cómo te atreves á decir que lias hecho lo que yo pedía? -Pero, hombre, ¿no pediste dinero para conquistar á Matilde? -Sí. -Pues tuviste- el dinero y la conquistaste, y es tu esposa y fiel, como sólo. -Pero no me quiere, ni me ha querido nunca, eso v dijo Eamiro, cayendo sobre una silla anegado en llanto j tes sollozos. -iTomal ¡toma! gritó Satanás lanzando carcajadas siniestras. I Qué imbecilidad! Eso del amor no es de mi negociado: es una cosa santa. t i Con los millones que te di has podido conquistar esa mujer y mu chas más; pero su corazón el corazón de una mujer eso, ni lo he comprado yo nunca, ni se ha vendido jamás Cuando Matilde volvió al hotel después de comulgar, todo era allí confusión y espanto. Raniiro había sido trado muerto en su despacho, y según el médico de la Casa de Socorro, á causa de una congestión cerebral. EMCLIO SÁNCHEZ PASTOR D l i i i j o s i) K MKXDKZ BKIXGA