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-Celebro mucho haberle conocido, dijo. Ya nos veremos. Usted esperarla que yo le pidiera algún documento donde constase la cesión de su alma. No hace falta; me la otorgará usted de buena voluntad. Abur. -Una última pregunta, dijo Mendozita. ¿Me será fiel Matilde toda la vida? -Toda la vida, respondió Satanás; y abandonó la habitación, saludando ceremoniosamente. Diez años hacía que el millonario repentino D. Eamiro Mendoza había contraído matrimonio con Matilde, la bellísima hija de su jefe de negociado en el Ministerio de Hacienda. Y de todo este tiempo puede decirse que la felicidad no había durado más (jue quince días en aquel hogar. Cuando Ramiro, con el premio gordo de Navidad en el J 5 anco, se acercó á pedir la mano de Matilde, hubo consejo de familia en casa de ésta, y se decidió por unanimidad que debía aceptarse á un chico tan honrado, tan laborioso y tan afortunado. Matilde, acostumbrada á obedecer, no opuso resistencia; sólo se atrevió á decir á sus padres que no tenía muchas simpatías por Ramiro; pero éstos la replicaron que eso no importaba, que el trato engendra cariño, que al fin se acostumbraría á ijuererle y sería muy feliz con aquel hombre y aquellos millones. Los primeros días todo fué júbilo en la familia; Ramiro gastaba como un loco; hasta quiso que el padre de Matilde se jubilase y fuera con su mujer ó hijos á vivir á su costa en el lujoso liotel que adquirió para estrenarlo el día de la boda; pero poco á poco todos aquellos espíritus exaltados, por la riqueza inesperada volvieron á su cauce. La vida tenía las mismas monotonías que antes del premio gordo, aunque no había escasez que temer; todas las tristezas interiores del alma que desasosiegan al hombre volvieron á presentarse en cuanto la abundancia dejó de ser novedad; los pequeños disgustos del genio, del rariícter, del humor, que parecían acallados para siempre, surgieron otra vez ea todos los personajes de este cuento, y la existencia de aquella familia, en lo moral al menos, recobraba las mismas formas que tenía antes de que la fortuna viniera á saludarla. Todo había vuelto á su nivel á los diez años, excepto el corazón de Rajniro, que en la esfera de la felicidad era víctima de una deprei en un y. ilde, el su pro a para v N o t. otras niujeres que él veía todos los días; no ora aquella la unión de Jesucristo con la Iglesia, símbolo Irermoso del sublime sacramento católico. Matilde, perfectamente educada, cumplía severamente sus deberes de esposa: pero allí faltaba algo, sin ningiín género de duda. Era una esposa modelo, pero no era una esposa tierna; tenía todos los acentos de la amabilidad para su marido, pero le faltaban los de la pasión; le obedecía con buena voluntad, pero sin júbilo; le complacía resignada, pero sin agrado; en una palabra; era una esposa que es tudiaba y cumplía sus obligaciones, pero no las sentía. Su cariño por Mendoza no parecía brotar del corazón, sino de la cabeza. Ramiro buscaba en vano la razón de esto. En su hogar había frío, y eso era lo único que él podía decir; la causa no se le alcanzaba, porque la conducta de Matilde era tal, que ni pedir exphcaciones podía por cosas y sensaciones que ni tenían forma real, ni quizá habría palabras para concretarlas si se liubiera propuesto liablar del asunto. Una mañana de las muchas en que Matilde iba á confesarse, Mendoza tuvo la ocurrencia de acompañarla, y dentro