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H t. v- a í DOS R E A L E S LA P I E Z A breza se avergüence frente al lujo despilfarrado en el flamante edificio oficial; al otro empujón, la feria de Madrid naerá fuera de la acción fiscal del arrendatario de Consumos. Y como todo lo popular, como todo lo añejo, como todo lo humilde y miserable, no deja de tener su poesía esa feria tan traída y llevada, con su cordillera resonante formada por montones de nueces frescas, sus puestos de azufaifas, acerolas y avellanas; sus libros tirados al arroyo, mil veces hojeados por los bibliófilos al aire libre; su jn, guetería barata, que el menor soplo de aire destruiría, f cuanto más las manos de los chiquillos; sus billares romanos y sus garitas de pim, pa- m, jínni i -r á e Tl í i ííA UF. VTFAS y A C K R 0 L A 3 rT; Un poco de historia, ya que á la historia van pasando las ferias de Madrid. La costumbre de considerar como días de feria en Madrid los quince siguientes al 21 de Septiembre, viene nada menos que de los tiempos de D. J u a n el Segundo, e! cual en 1447 señaló dichos días, en unión de otros que empezaban á contarse el 8 de Mayo, como merced que hacía á Madrid, en recompensa de haberle quitado las villas de Cubas y Griñón para dárselas á un su criado. Fundiéronse m á s adelante ambas ferias en la de 21 de Septiembre, que ha dado justo motivo á la sátira, ya que únicamente servía para que toda la capital se convirtiera en inmenso y desordenado tenderete, y poco á poco, los corregidores y alcaldes fueron apartándola del centro, reduciéndola al perímetro en que la hemos conocido años atrás. L U I S BRIOIÍÍJO F (if ii! rcj ¡f Jri jinjni