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ADMINISTRACIÓN PARLAMENTARIA Vivía doña Canuta Rompelanzas en el cuarto primero de una casa propia que en Madrid tenía, y como los achaques los años abrevian mucho) a vida, y doña Canuta padecía de éstos y de aquéllos respetable cantidad, estaba siempre enfermucha y malhumorada y más vecina de la muerte que de los inquilinos de su casa. Estos, desde el momento en que supieron que doña Canuta desheredaba á su sobrino por tener ribetea de ateo y puntos y aun comas de calavera, visitaron á la pobre señora frecuentemente, prodigándola todo linaje de mimos y atenciones, abrigando cada uno la esperanza de que habría de dejarle heredero de aquella finca. Todos arrojaron sobre doña Canuta el anzuelo del halago para pescar la codiciada herencia, y era cosa de ver á la tendera de la planta baja, al empleado del entresuelo, á la magistrada del principal, á la beata del segundo y al cómico del tercero, acudir todos en competencia de lisonjas y piropos dirigidos á doña Canuta, poner la cara triste cuando decía el médico: Se cura, esto va bien y ponerla, en cambio, muy alegre cuando salía de la alcoba diciendo: Se muere, se muere; Hipócrates y yo estamos conformes en que revienta Cuanto mayor era el peligro de doña Canuta, con más asiduidad la cercaban los vecinos para socorrerla, y no era extraño ver que se atrepellaran unos á otros en los pasillos de la casa acudiendo presurosos á traer medicinas y remedios á la doliente casera; de tal modo, que cuando pedía un vaso de agua salían todos los vecinos presurosos en busca de lo que solicitaba, disputándose el honor de servirla, y al cabo de un instante aparecía cada uno por diferente camino con el agua ó la taza de caldo echando humo y los ojos chispas de envidia de mirar á los otros aduladores. A la pobre señora no la dejaban en paz un instante, y anhelosos todos de captarse sus simpatías y de enemistarla con los otros vecinos, acudían junto á ella con tantos chismes, enredos, murmuraciones y calumnias, que la infeliz estaba deseando morirse por no escucharles, y tanto arreciaban unos contra otros la viperina lengua, sacando á relucir sus vicios y sus defectos y recontando sus pecados, que si en aquel instante hubiera aparecido el sobrino de doña Canuta, aun siendo ateo y calavera, quizás su tía le hubiese juzgado más digno de heredarla que á aquel a caterva de malvados con apariencias de gentes moderadas. Murió, al fin, la pobre señora de empacho de alabanzas y lisonjas y de hartura de cuidados egoístas, y quizás para tormento de sus verdugos les dejó á todos ellos herederos de su casa, concediendo á cada uno la propiedad de la habitación que tenía alquilada, siendo común para todos, por partes iguales, lo que rentase el cuarto primero, que con la muerte de doña Canuta quedaba desalquilado. Hicieron espléndidos funerales los vecinos á la filantrópica dama, y después de poner en la iglesia el rostro muy estirado y compungido, escurriendo suspiros y pujando lágrimas, se fueron juntos á celebrar la herencia, que era lo mismo que regocijarse de la partida de doña Canuta al cementerio. Aquellas personas, que se habían despellejado tantas veces para arrebatarse la amistad y los favores de la casera, no pudieron terminar en paz la comenzada fiesta, y cada uno se, fué por su lado diciendo pestes de su vecino. La herencia era el lazo que tenia unidos en la misma casa á todos aquellos seres que se aborrecían, y como en el testamento había una cláusula por la cual ninguno de ellos podía vender la propiedad del cuarto en que vivía, siendo el sobrino de doña Canuta poseedor de la finca en el momento en que renunciasen á ella sus propietarios, hacían todos heroicos esfuerzos por avenirse, cubriendo con forzadas sonrisas é hipócritas saludos la rabia y la inquina que les retozaban en el pecho. Para discutir los asuntos relativos á la administración de la finca reuníanse todos los copropietarios en el piso primero, que ya sabemos que estaba desalquilado, y allí tenían tremendas y borrascosas discusiones acerca de la elección