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sol y toda el agua ae las arroyadas del invierno, es un vergel, un paraíso! Le sorpréndela á usted el cuadro que presenta. E n este tiempo del año, los árboles están igual que si hubiese nevado copiosamente, de tanta flor como los reviste; los albaricoqueros y los pavíos son plumajes rosa pálido; las fresas rojean y huelen á gloria; los senderos están llenos d e violetas tardías, y las camelias, que allí son árboles corpulentos, tienen al pie una alfombra de hojas encarnadas de una cuarta de espesor. Verá usted qué verde t a n delicado el de los praditos, qué de agua cristalina en las fuentes; y por los setos, cuánta rosa silvestre, que han dado nombre al Valle. Y las alOiíiiSífe- deanitas I ¡El día que se cuelgan los aretes de filigrana y fce atan el dengue con las cintas de sedal No sé si ellas son realmente t a n guapas, ó es que las hermosea la Naturaleza, que lo embellece todo. El mozo guardó silencio, con el ceño fruncido y una chispa de descontento en las negras pupilas; y de pronto, mirándome fríamente, murmuró: ¡La Naturaleza! Para mí no hay cosa m á s antipática. La cxtrafieza me impidió liasta protestar. Me quedé turulato, como solemos quedarnos cuando olmos una herejía muy gorda, algo que eclaa por tierra afirmaciones que creemos indiscutibles y evidentes. El enfermo, sonriendo con sarcasmo, continuó: -Ya ve usted si lie nacido en un continente de natulaU za espléndida Supongo que por lo mismo la detesto doble. Todo lo natural m e parece estúpido, bueno sólo para la gente rutinaria y mansa para los especieros, como decimos en París. jEI agua! ¡los bosques! ¡los prados! ¡las florecitas del campo! ¡Beéeel- -é imitó el balido de la oveja. ¿Qué sentido puede encontrarse en nada de eso? ¿Dónde exi. -te función más mecánica, menos intelectual que la de la Naturaleza? Llueve, brota la vegetación; hace sol, se agosta; llega el otoño, las hojas caen; viene la primavera, vuelta á salir Es puramente animal; fisiología ruin. No sé por qué la manía de conservar la vida lia de hacernos transigir con las cosas más opuestas á nuestros gustos y á nuestras convicciones Yo prefería morirme en París, en el bulevar, soore su asfalto, que vivir ahí en ese Valle de la Eosa, que por su descripción de usted debe de ser el arquetipo de la vulgaridad, el oasis de u n paisajista cursi. Al decir estas amenidades, matices de carmín tiñeron las mejillas demacradas del joven enfermo, y sus labio. que apenas sombreaba una dedada de bozo obscuro, se contrajeron irónicamente. -La belleza- -prosiguió, notando que yo me escandalizaba, y encantado de ello- -la belleza no es lo natural, sino al contrario, lo artificial, obra del hombre, creación de su inteligencia emancipada del ciego instinto. No m e dé usted el racimo, sino el Ucor; no la tez virginal y lavada en agua pura, sino la que h a curtido é impregnado el amor y adobado la perfumería; no el bloque de mármol, sino la estatua de Oarpeaux; no la rosa rústica de los setos, sino la orquídea monstruosa criada en estufa; no el animal viviente, sino la sierpe de esmalte y pedrería ó el pájaro que canta por mecanismo. La obra del hombre civilizado va en sentido contrario á la Naturaleza. La Naturaleza se acuesta temprano y nosotros tarde, haciendo de la noche día; la Naturaleza es sencilla, y nosotros somos complicados; la Naturaleza no aspira sino á perpetuar la especie, y nosotros ¡qué diablo! ¡si la pudiésemos suprimir! Estas y otras teorías análogas desarrolló exaltadamente mi interlocutor, mientras nos acercábamos al Valle de la Eosa, que por fin avistamos cuando el sol ascendía á su zenit. Viva fragancia de madreselvas, en ráfagas de esencia arrancadas por el airecillo juguetón, penetraba en el departamento; y en un prado de un verdegay ideal, una gran vaca roja, acostada, parecía inmóvil esfinge de cobre. Allá abajo se posaban, como grupos de palomas torcaces, las casitas, y cerca de nosotros una fuente sombreada por sauces pálidos se desataba murmuradora, dándome envidia de beber u n trago en el hueco de la mano, á la manera primitiva. Confieso que olvidé enteramente á mi compañero de viaje para recrearme en aquellos pormenores, y sólo le recordé al notar que el tren se detenía en la estación y escucliar que el artificialista m e decía con frialdad; -Feliz viaje, adiós; he tenido gusto en conocerle. ¡A su servicio! Saludé y tendí la mano, declarando mi nombre y profesión: Félix Llaguna, magistrado- -Aristeo Abigail Fierro, poeta, -respondió n o sin algo de sequedad altanera el enfermo, volviéndose para recoger su pulcro maletín de cuero inglés y su sombrerera, que entregó al criado que le esperaba con un birlocho. Y como yo hiciese u n movimiento al oir lo de poeta, añadió sin perder la seriedad: -Poeta decadente. f- r EMILIA P A E D O DIBUJOS DB J I É N D E Z B R I S G A BAZÁN