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-Bueno, ya lo sé, y por lo mismo que soy terco no hay que hablar de ello O me regalas ese rizo de canas, que no quiero que se quede ahí para que lo vean otros ojos que los míos, ó adiós para siempre, p rqne no volveré á Cádiz- ¡M a l d i t o testarudo! dijo medio llorando la muchai ha; ven conmigo 11- ¿Por qué t e tapas el rizo blanco? preguntaban las compañeras á Lola al ver que se colocaba sobre la sien izquierda, en el mismo lugar que ocupaba aquel copito de nieve, un ramo de pensamientos ó una rosa sostenida allí con rara tenacidad. -Porque no me gusta ya. -Pues antes bien lo lucías. -Ahí tienes he cambiado de opinión. -Mira que así no te llamarán Mari- Salada, y eso te gustaba también. -Me llamarán salada á secas, y después Dios dirá. -Di la verdad ¿te lo has cortado? -Bahl ¿qué os importa? -Para el marinero Si yo lo sé no lo niegues. -Pues bien, sí; fué una promesa á la Virgen del Rosaiio lo lleva en el escapulario que le dio su madre; es una reliquia, bien lo sabe Dios. III Ha sido una cosa horrible, escribía algunos meses después el marinero; el barco saltó en pedazos; yo estaba sobre cubierta y me sentí arrastrado por una gran fuerza después no sentí nada; una terrible frialdad, la angustia de la muerte Cuando abrí los ojos estaba en la litera de u n buque desconocido, que m e había salvado recogiéndome como u n triste despojo del naufragio, producido por la más villana de las traiciones, por la explosión de la dinamita Estaba solo desnudo lo había perdido todo todo, menos el escapulario que llevo al cuello, en el cual pusiste el rizo blanco de tu pelo para que me librase de mal Me ha librado, y por él vivo! Pero el pelo ya no está blanco ya no parecería en tu cabeza u n copito de espuma de la mar ó una mariposilla de las flores con que te adornas; parecería más bien un clavel marisalado, pues salpicado con las gotas de mi sangre, se ha pintado de rojo, Da H Ü B R T A S P A T R O C I N I O DE BIEDMA