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MARI- SALADA Menudita de cuerpo, de airosa cabeza, Lola, la cigarrera más graciosa que liaba pitillos en la fábrica de Cádiz, debía su apodo, si tal puede llamarse á un nombre que parecía propio para retratarla, á un capriclio de ¡a Naturaleza, más bien- gracia que defecto, pero muy singular sin duda. Sobre su cabello, retorcido con una sencillez tan graciosa que no hubiera podido copiarla el arte más exquisito, se notaba una mancha, un lunar acaso, pero que se marcaba como una pincelada blanca sobre un fondo obscuro, como un reflejo de luna sobre la nube negra y sombría. Ese mechón de canas en una cabeza Juvenil hacía un efecto extraño y daba á la muchacha un sello de originalidad. Ella se reía al retorcer en un rizo aparte aquellos hilos blancos que la adornaban como una flor, y se acostumbraba á las bromas que con este motivo recibía. Sin duda hablaba de esto con un bravo marinero, alto, fornido, con el tostado cuello desnudo, que se disponía á embarcarse en un buque de guerra que debía zarpar con rumbo á la isla de Cuba algunas horas después. -Ko, eso no, le decía; te daré del otro- -Yo quiero ese ó ninguno. -Pero es manía me quieres desfigurar la cabeza lo notará todo el mundo. Bahl ¡Mucho te importará á ti! Conque te pongas un nardo donde tienes el rizo, ¡cualquiera lo nota I ¿Sí ó no? ¡Pronto! ¡Qué terco eres! Te has empeñado...