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E n este sentido siguió la conversación, tan poco tranquilizadora para Casimiro, todo el tiempo que tardó en b a ñ a r s e la señora, á la cual miraba sin cesar por el agujerito. ¡Ya sale Eeginal exclamó el esposo. Casimiro, al oirle, confió en que se marcharían entonces los dos amigos, y podría él, cuando estuviera u de espaldas, aprovechar u n instante para el logro de sus propósitos; pero tal ilusión se desvaneció al momento, porque el marido, poniendo las manos como antes, gritó con estentórea voz: ¡Reginaaal Vístete pronto; aquí te esperamos. ¡Adiós esperanzas! Casimiro se dejó caer sobre el banco, que bien pudiera llamarse de la paciencia, sudando á chorros, porque la atmósfera, sin renovarse hacía rato, casi era irrespirable. IV Vino m u y pronto la señora, y levantáronse de la arena los dos amigos. ¿Qué tal el agua? ¿Estaba fresca? -Deliciosa, contestó ella con dulcísima voz. -Pues vamos á almorzar. -Deprisita, dijo el amigo, porque temo que aquel nubarrón trae agua- -Como que ya caen gotas- -Es verdad Alejáronse los tres, y sus voces se confundieron con el ruido del mar. Entonces Casimiro, deseoso de respirar el aire libre, quiso abrir la puerta; pero ésta no cedió. ¡Cosa más rara! repetía empujando una y otra vez inútilmente. Convencióse al fin de que alguien había echado la aldabilla exterior. ¿Quién podría ser? Acaso todo aquello era una burla del marido; quizá el bañero, por indiscreción ó por codicia, le h a b r í a denunciado. Seguía dando sobre la puerta golpes que nadie ola, porque había empezado á llover copiosamente, y el ruido del chaparrón era t a n fuerte ó más que el del oleaje. Casimiro se vistió ya asustado y vio por los agujeritos que toda la gente había desaparecido de la playa. H a s t a los bañeros estaban refugiados sin duda en el establecimiento, distante más de cien pasos de la caseta donde se hallaba Casimiro, y éste, convencido por fin d e que era inútil vocear, sentóse en el banco, decidido á esperar que cesara la lluvia y que alguien pasara por allí cerca para llamarle en su auxilio. Pero transcurrían horas y horas y el temporal arreciaba, y se desató por Un la tormenta en truenos aterradores y con u n verdadero huracán, que soplaba furioso. Era ya muy cerca del anochecer, y en toda la tarde no habían bajado á la playa más personas que dos bañeros para subir las casetas, con objeto de que el agua no se las llevase en la pleamar; pero sin acercarse á la de Casimiro, que colocada lejos de la orilla, se ha laba segura en sitio á donde casi nunca llegaban las olas. Y seguía lloviendo, lloviendo cada vez con más fuerza, y entraba el agua por el tragaluz, y Casimiro estaba hecho una lástima. Por fln, viendo que ya era de noche, medio muerto de hambre, porque sólo había tomado un ligero desayuno, y convencido de que no acudirían á sacarle porque nadie debía suponer que estaba allí, reunió las pocas fuerzas que le quedaban, apoyóse con las manos en el banco, y poniendo las plantas de los pies sobre la puerta, empujó desesperadamente; mas no cedió tampoco, y con la violencia del esfuerzo vínose á tierra la caseta, haciéndose imposible la salida. Quedó Casimiro en pie sobre la puerta; pero tan magullado por el golpe y tan trastornado por aquella singular caída, que fué presa de u n síncope y perdió el t e m i d o el poco sentido que le- quedaba. Al amanecer del siguiente día, cuando los bañeros levantaron la caseta, que creyeron derribada por el huracán de la noche anterior, encontraron á Casimiro exánime, sin habla, poco menos que moribundo. Ki pidió explicaciones cuando recobró el uso de la palabra, gracias á las fricciones que le dieron y á una copa de Jerez con bizcochos, ni quiso saber si lo ocurrido había sido casual ó venganza de aquel esposo temible. Aquella tarde se metió en el tren y marchó á otras playas pero sin llevar la maquinilla. M. RAMOS CARKIÓN