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LA CASETA EPISODIO VERANIEGO I ASTjriRO habia encargado al sastre que le hiciera un terno de verano, alegre, vistoso, que llamara la atención donde quiera que lo luciese. Del terno, que era muy claro y con dibujo de cuadros grandes, no usaba más que la americana y los pantalones; el chaleco lo proscribía la moda. Con aquellas dos prendas, un cinturón con cadenas niqueladas que hacían á su dueño asemejarse de períil á u n presidiario bien vestido, camisa azul celeste con cuello y puños blancos, y un sombrerito de paja á la marinera, estaba Casimiro arrebatador. Y así se presentó un día en la playa, siendo la admiración de los bañistas provincianos, que vieron en él un modelo de la elegancia madrileña. Casimiro llevaba siempre una maquinilla fotográfica de las llamadas instantáneas, y en cuanto encontraba algo digno de ser reproducido, ¡zásl 5 íi lo tenía en un c. lirhé para aumentar la colección de vista su mayor recreo. No era éste tan inocente como parecía, pues á muy poco de su estancia en aquel ptieblo, ya había retratado Casimiro en traje de baño, es decir, casi en paños menores, á todas las jóvenes qne se sumergían en el Cantábrico. Aquella galería iba á ser el in vierno próximo lo más curioso é interesante que podía enseñar á sus amigos de INIadrid. Con objeto de completarla, averiguaba luego quiénes eran las retratadas por él á te nazón, como quien dice, y al dorso de cada tarjeta escribía los datos biográficos que 1 graba adquirir en las fondas ó casas de huéspedes donde vivían las interesadas. Seguramente ignoraban ellas que Casimiro poseía su eíigie y algo más, y al encontrarlas en el paseo se divertía muchísimo viéndolas tan vestidas y emperejiladas, cuaiido él conocía detalles íntimos, ocultos entonces por encajes, lazos y perifollos. Una mañana que, como las anteriores, se disponía á llevarse nuevos ejemplares, vio salir una mujer hermosísima de una caseta de la playa. Aumjue cubierta con ancha capa de baño, por su gallardía y su estatura, por lo poco que se veía de la pierna, por los pies menudísimos calzados con lindas alpargatas, se adivi naba en ella una figura escultural. Casimiro dijo para sí: -Este va á ser el mejor ejemplar de la colección. ¡Qué mujer, Dios mío I Y dispuso el aparato para reproducirla en el momento que él aprovechaba siempre como el más oportuno: la salida del agua cuando el traje se ciñe al cuerpo, y el cabello flota, y el pantalón se ha subido algo, y los brazos desnudos se alzan para coger la odiosa capa, ocultadora de tanta belleza. En ese instante no hay mujer que piense si la miran ó no; la impresión del frío las sobrecoge, el ruido de las olas las ensordece, las gotas de agua que caen del flequilU) las ciegan, y bien puede decirse que entonces ni ven, ni oyen, ni entienden. Así quería sorprenderla. Acechó como el cazador que aguarda en el puesto, y cuando después de brevísimo baño la vio surgir entre la espuma disponiéndose á pisar la playa, c u a n t o iba ya á enfilar el aparato, sintió Casimiro una mano recia y firme qne se lo apoyaba en el hombro, y oyó una voz áspera que decía: -Alto, caballerito; el retrato de esa señora no lo tiene más que aquel á quien yo se lo consiento. -Caballero, dijo Casimiro volviéndose con rapidez; yo estoy en mi derecho sacando vistas- -Usted no retrata á esa señora porque á mí no me da la gana, añadió aquella voz que tanto le había sorprendido, y que salía del cuerpo robusto y alto de un caballero con bigotes grises, mal encarado y con unos ojos pequeñitos que en aquel momento despedían chispas. -Pero se atrevió á añadir Casimiro, desprendiéndose con dificultad de ios dedos que le oprimían como una te naza; no sé por qué ha supuesto usted que yo iba á retratar á esa señora- -Lo supongo, porque vengo observándole á usted todos estos días; y si los demás se lo toleran, yo no consiento que posea usted el retrato de mi mujer en ese traje ni en otro. Y basta de conversación. Dio media vuelta y se dirigió á la caseta donde la señora había entrado, dejando á Casimiro sin saber qué decir y con el aparato enfocado todavía hacia las olas. II No era hombre Casimiro de renunciar asi como así á cualquier propósito, y decidido á qne no faltase en su rica y variada colección el retrato de aquella mujer, resolvió lograrlo aun á costa del mayor sacrificio. La t a r d e de aquel mismo día en que el enojado esposo impidió tan violentamente la reproducción fotográfica inten tada por Casimiro, le vio éste en paseo acompañando á su hermosísima esposa. Ella, que ignoraba sin dada el lance de la playa, ni siquiera pareció fijar su atención en el joven; pero el esposo le miró como diciendo: ¡Buen chasco te has llevado!