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digo, se me figura que deben llamarse así, porque si al que vive en un castillo le llamamos castellano (y aun al que vive en el ministerio de Ultramar también) al que es posesor y habitante de una caseta ¿eh? I Me parece! B u e n o Pues á las once y media ya aparecen por las ventanas y terrazas de las villas las insurrectas que batallaLA CASETA K E A L ron anoche en el cotillón hasta las dos. Se despiertan pálidas y cansadas. Qué veraneo de descanso Setenta y dos valses bailó anteanoche una señorita de Bustillo del Oro (provincia de Zamora) tierra de jamones. E n los bancos se sientan los señores mayores, las mamas de ochenta y dos kilos que no pueden andar sin inundarse de sudor, los admiradores del mar. Ya allá abajo está la playa llena de gente que se baña y grita porque le choca que esté fría el agua. ¡Dichoso aquél que la practica y calla I decía Moratin de la virtud, y aquí lo diremos del agua salada. El tínico punto del Atlas donde los bañistas dan alaridos para bañarse, es éste. Desde la Concha se les oye dar unos chillidos en competencia con la sirena del Valdés, que nos tiene locos á fuerza de berrear de tenor. Qué barbaridad! Parece que le retuercen el cuello á la ternera de á bordo! A las doce invaden la playa y la Concha los periodistas (y no olvidarse de que aquí llaman periodistas á los golfos que venden periódicos, lo cual que se h a r á una interpelación en las Cortes, en la cual Teaifonte y Blas Agiiilar liablarán á la limón contra esta manera de contundir las clases) ¡Impar cial! ¡Liberal I ¡Heraldo! ¡Blanco y Negroool Y el público de los bancos y de los miradores se arrebata las madrileñas hojas. Por ellas vemos que el Gobierno lia resuelto morirse de viejo, que Weyler está allí donde ustedes saben, que D. Arsenio vuelve á operar, y que á Cos Gayón le escriben que lo van á hacer harina de flor uno de estos días. Ya con esto se nos abre á todos el apetito, y nos vamos á ver si distraemos á ese triste cocido, que cada día resulta más triste. Ya la playa ó Concha ó paseo del mar se queda desierta hasta el anochecer, en que acuden á ella las de San Vito y las de Aguaclara y las de Cartonpiedra y las de Treveles, y todas las eximias de la belleza, la distinción y la desencuadernación de los corazones. Aquella es la hora del chichisbeo, de las varas de castigo y de los enfriamientos que luego producen oclio días de cama ó tres ó cuatrocientos años de nicho de familia. Pero, en cambio, se hace la gran vida, Be festeja, como dicen en Aragón, y hay de qué hablar en la mesa. La playa de la Concha, ó la Concha de la playa, es todo San Sebastián en verano. Sin la Concha no habría San Sebastián, ni vendría nadie. Es la perla del Océano, como la llama i 5 moslos vecinos y contribuventes, y vivimos de ella, aunque nos esté mal el decirlo, porque ella atrae á la gente y la ciudad lo gana. A mí me gusta m a s e n invierno, cuando no hay un alma por allí. Entonces se me figura que la playa entera es mía y que Dios la hizo para mí sólo. E n Pinero, al anochecer, sólo se ve en la playa algún soldado que le dice á tal muchacha donostiarra: Vaya ozté con Dios, zimpátical Y la otra que dice: ¡J e s ú s! Eeir liase, pues; mentira párese! EusEBio BLASCO BAÑl- VT. VS K S L. l PLAYA