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de plano el sol en aquel instante, parecía una pella de manteca blanca y redonda Y J u a n acordándose d é que sa hija se iba secando, ola con indescriptible furor el glú, glú del cliorrito regalado de dulce leche q u e se deslizaba por entre los labios del pequeñuelo, el hijo del señorito Raimundo, y que le criaría unas carnes m á s rollizas axín que las d e Juliana, unas carnes de rosa, tiernas como las de un lechoncillo Mientras J u a n contemplaba el grupo, sintiendo tentaciones vehementes, absurdas, de salir y liacer una barbaridá para vengarse de los que no les importaba que reventasen los pobres, -un hombre, un labrador, se deslizaba furtivamente liasta el banco donde Juliana daba el pecho á su rorro. -Juan le reTi i i conoció, y comt p r e n d i ó era el marido del ama, Gorio Isogueiras; y el no mostrar Juliana sorpresa alguna, y la expresiva acogida que hizo al re cien llegado, le probaron que los cónyuges tenían por eos t u m b r e verse y hablante así, á escondidas, en aquel retirado lugar. Juliana, prontamente, h a b l a retirado el peclio de los bezos del mamón, y descubierta la diminuta faz de éste, iluminada por el sol claro, J u a n se sorprendió: el hijo d e l señorito Raimundo se ase. mejaba á su niet o al nieto del tejero, como un huevo á otro: aunque todos los niños pequeños se parecen, aquellos dos eran exactamente idénticos: los mismos ojitos azulinos, la mistna nariz algo ancha, la misma tez de nata de leche, la misma plumilla rubia saliendo de la gorra y cayendo en dos mecliones ralos sobre la frente abultada. ¡Qué iguales los ricos á los pobres, mientras no empieza la esdavitú del trabajo y la falta de mantención! Juan, cavilando as- i, adelantó dos pasos para ver mejor, las hojas crujieron y Juliana y Gorio, espantados, se lo echaron de rodillas ó punto menos, para rogarle por caridad que no los descubriese, que no contase que los habla visto ¡Hablar un marido con su mujer no es pecado ninguno, cacho! exclamaba Gorio, interpelando al tejero para que le diese la razón. ¿Cuándo se h a visto entre cristianos privar al marido de la vista de la mujer? -lío pasar cuidado, declaró Juan; que por mí, ni esto han de saber los amos Allá ellos que se atulen, que nos nos mulamcis también No somos espías, hombre. DIBUJOS DK MÉNDEZ BRIXGA ni vamos á echar á pique á nadie ¡Ir yo con el cuento! Antes m e cortan el gañote Y si queredes estar en paz y en gracia de Dios, yo vos llevo e ¡chiquillo ahí á mi casa Allí lo pederás recoger, Juliana, que te lo entretendremos Ya sabes e! camino; detrás de los castaños, tornando á la derecha- ¿Y si llora la joyiña d e Dios? preguntó Juliana, con la involuntaria é instintiva solicitud de la nodriza por el crío. -Si llora, la hija mía le da teta Criando está como tú respondió decisivamente el viejo Juan, en cuyos ojos lacrimosos y ribeteados lució una chispa de voluntad diabólica. Y cogiendo al niño cuidadosamente, meciéndole y diciéní dolé cosas afecI taosas, se alejó, lejando á los es ¡posos libres y sa tisfechos. Tres c u a r t o s de hora después, Juliana sola, in (juieta, m u y rcce 1 losa de que al volI ver á casa la riñesen por la tardanza, pasó á recoger I al niño en la caI sucha del tejero, mísera vivienda desmantelada, i donde el frío y la l l u v i a penetra han sin estorbo por la techumbre á tejavana, y por las grietas y agujeros de las pare des. Jso necesitó J 3 entrar: á la puer Ji; ta, que obstruían montones de estiércol y broza, so b r e los cuales escarbaban dos flacas gallinas, la esperaba ya el tejero con la criatura en brazos, arrullájidola para que no lloriquease- ¡Ay, riquiño, qué soledades tenia de mí, qué mala cara se le viról ¡Si hastra más flaco parece! ¡Si á modo que se le cae la ropa! chilló la nodriza, apoderándose del niño y apresurándose á desabrocliarse, para ofrecerle un consuelo eficaz de su momentáneo abandono- -Ya se le virará buen color con el tiempo, mujer, ya se le virará, aíirmó fllosóficamonte el viejo. Y mientras la nodriza, azorada, estrechando y halagando al angelito, corría en dirección á la quinta, J u a n el tejero sonreía con su desdentada boca, y se restregaba las socas manos, pensando en su interior: -A nosotros nos echarán y nos iremos por el mundo pidiendo u n a limosnita l ero lo que es el nieto mío, pasar no h a de pasar necesidá; y el hijo de los amos ese, que adeprenda á cocer teja, cuando tenga la edá si llega á tenerla, q u e ¡sábelo Dios I En casa del pobre, rouérense los chiquillos como moscas EMMA PARDO BAZAX