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EL TRUEQUE Al entrar en el bosque, el perro ladró de súbito y con furia, y Raimundo, viendo que surgía de los matorrales una- figura que le pareció siniestra, por instinto echó mano á la carabina cargada. Tranquilizóse, sin embargo, oyendo que el hombre que se aparecía así, murmuraba en ansiosa y suplicante voz: -Señorito, por el alma de su madre Raimundo quiso registrar el bolsillo, pero el hombre, ron movimiento que no carecía de dignidad, le contuvo. No era extraño ue tomasen á aquel individuo por un pordiosero: vestía ropa, si no andrajosa, raída y remendada, y zuecos gastadísimos; su rostro estaba curtido por la intemperie, rojizo, enju to; y sus ojos llorosos, de párpado flojo, y su cara consumida y fa mélica, delataban no sólo la edad, sino la miseria profunda. ¿Qué se ofrece? preguntó Raimundo en tono frío y perentorio. -Se ofrece que no nos acaben de matar de hambre, señorito. I Por la salud de q u i e n más quiera I ¡Por la salud de la señorita y del niño que acaba de nacer! Soy Juan, el tejero, que llevo una barbaridá de años haciendo teja ahí, en el monte del señorito Me ayudaba el yerno, pero me lo llevó Dios para sí, y me quedé con la hija preñada y yo anciano, sin fuerzas para amasar Y porque me atrasé en pagar la renta, me quieren quitar la tejera, señorito ¡la tejera, que es nuestro pan y nuestro socorro I Raimundo se encogió de hombros. ¿Qué tenía que ver él con esas menudencias de pagos y de apremios? Cosa del mayordomo Que le dejasen en paz cazar y divertirse! Lo único que se le ocurrió contestar al pobre diablo fué una objeción: -i Pero si al fin no puedes trabajar! ¿De qué te sirve ya la tejera? -Señorito, por el alma oiga la santa verdá He buscado un rapaz que me ayuda, y ya le tengo ajustado en cuatro reales y en poniéndonos á sudar de alma, yo á dirigir, él á amasar y cocer, pagamos allá para Año Nuevo la meta de la deuda. Yo no pido limosna, señor, que lo quiero ganar con mis manos (Acuérdese de que todos somos hombres mortales, señorito I y que tengo que tapar dos bocas: la hija parida y el recién... La hija, por falta de mantención se me está quedando sin leche, señorito, porque en no teniendo, con perdón, que meter entre las muelas, el cuerpo no da de suyo cosa ninguna, ni para la crianza, ni para el trabajo Impaciente, Raimundo fruncía el ceño: le estaban malogrando la ocasión favorable de tirar á las codornices; y al fin, él no sabía palotada de esas trapisondas. Hizo ademán de desviar al viejo, el cual continuaba atravesado en el camino, y refunfuñó: -Bien, bien, yo preguntaré á Frazais Veremos qué me dice; i A Frazais 1 ¡Al mayordomo implacable, al exactor, á la cuña del mismo p a l o al que se reía de las necesidades, las desdichas y las agonías del pobre! La esperanza de Juan el tejero, súbitamente, se apagó como vela cuando la soplan, reprimió un suspiro sollozante, alzó la cabeza, y apartándose sin decir palabra, caló el abollado sombrero y desapareció entre el castañar, cuyo ramaje crujió lo mismo que cruje al paso de una fiera Vagando desesperado, sin objeto alguno, triste hasta la muerte, encontróse Juan, después de media hora, en el parque de la quinta, que lindaba con la tejera, y se paró al oir una voz fresca que gorjeaba palabras truncadas y cariñosas. Al través de los troncos de los árboles vio sentada en un banco de piedra á una mujer joven, dando el pecho á una criatura. Bien conocía Juan á la nodriza: era la Juliana, la de Gorio Kogueiras; pero qué maja, qué gorda, qué diferente de cuando sachaba patatas ayudando á su marido! Nuestra Señora, lo que hace la manten- ción! El seno que Juliana descubría, y sobre el cual caía