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blanda y movible de las espigas cabeceando al peso del grano; j- a el viento no pasa sobre los campos acusando la línea sinuosa y flamígera de un manso oleaje. Las faginas apiladas de uno ó de otro modo, según la costumbre y el clima del país, parecen montículos de oro ó grandes cabezotas rubias marcando la separación de las heredades; y éstas, recortadas á flor de tierra por la sierrecilla de la hoz, sólo muestran el agrio ccnjunto de punzantes rastrojos, entre los cuales crece la ma a hierba y se balancea todavía a guna amapola afortunada que consiguió salvar la vida al paso de los segadores. Surge entonces la escena pintada en su último cuadro por Gonzalo Bilbao; grandes carros llegan á las lindes del campo para recibir el trigo en bruto, tal como sale del filo de las hoces, y el hombre abrazado á las espigas va llenándolos con haces y haces, que crujen ya secos y se desgreñan entre las bandas del carro; chirria éste, arrastrado por larga hilera de muías ó por mansa pareja de bueyes, y cambia el escenario de las labores agrícolas; terminó la siega en los campos y comienza la trilla en las eras cercanas al pueblo. I Las erasl Es el círculo del labrador, que se va estrechando en torno de la casa, cerquita del granero. Desde los ventanucos de la casa del labrador ve ya la mujer al marido á todas horas, allí cerca, dando vueltas y más vueltas sobre el trillo en la redonda plazoleta alfombrada de espigas desmenuzadas. Las heiraduras del ganado, las ruedas dentadas del trillo mecánico ó los pedernales del trillo clásico de nuestras casas de labor, van desmenuzando las aristas al peso del obrero, que derecho en la tabla dirige el trote de las muías, y con gran gozo de los chiquillos, que sentados en la sencilla máquina ven saltar las trituradas espigas. En pocos pueblos veréis calles llanas y plazas sin hoyos ni baches; la llanura y el empedrado se reservan para las eras, que en torno al pueblo se extienden anchas y niveladas para facilitar las operaciones de la trilla. Y á todo esto el labrador no deja de mirar al cielo; con ayuda de él practica todas sus faenas, y la meteorología popular le hace precavido y astrónomo á su manera, sólo con examinar el cerco de la luna, el titilar de las estrellas ó el rojo más ó menos encendido del sol. Porque si un aguacero inoportuno coge á las mieses recién segadas, pueden evaporarse en un momento las esperanzas del labrador, y éste tiene que practicar sus faenas atento y solícito, fija en el cielo la mirada, como fija la mano en la vela tiene que aprovechar el marinero todas las ráfagas de viento favo rabie. También el viento le es necesario al labrador después de la A, trilla; hay que separar el trigo de la paja, y empieza la faena de los aventadores, tras de la cual viene la limpia del grano, su medición y su envase en las talegas, que hacen crujir después el piso del granero ó las tablas del carro que lo conduce al molino. De nuevo vuelven al campo los labradores para quemar los rastrojos, las hierbas, todos los residuos de la recolección, cuya ceniza es el mejor abono para la tierra cansada. Y apenas terminadas las largas y fatigosas tareas de la recolección del grano, ya aguardan al labrador las viñas con sus sarmientos encorvados y largos, que, como dedos huesosos de mano avarienta, guardan debajo de ellas otra de las riquezas del campo español: los racimos negros, dorados ó blancos, que aguardan entre pámpanos y azufre las tardes alegres y los cantos otoñales de la vendimia. él LUIS BERMEJO z MM: FoÍQgraJiaíí Irigoyen