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EL CAMPO EN ESTÍO Cuando los hombres de la ciudad huyen de ella y emprenden su viaje de veraneo, considerando imposibles la vida y el trabajo en medio del calor asfixiante que licúa el asfalto y evapora rápidamente el agua de los riegos municipales, entonces empieza para el labrador la época más fatigosa y atareada del año; siendo el día largo como nunca, él procura alargarlo más con grandes madrugones y largas prolongaciones del trabajo, una vez puesto el sol. Ambos crepúsculos encuentran al labrador en su puesto; los primeros rayos del sol recíbanlos las espaldas del obrero del campo inclinado sobre la tierra; las primeras sombras que recorta sobre el suelo la luz de la luna, son las del labrador, su ganado y sus aperos. Trabajo duro, pero trabajo bendito, que da al cuerpo salud y paz al alma. Del aire libre, del calor del sol, de los efluvios de la tierra trabajada, no salen jamás esos miasmas horribles de la desesperación del pobre, que son hoy el terror de los Estados y abultan de día en día el problema social. El anarquismo y sus sectas similares podrán reclutar sus adeptos en el taller sin aire y en la mina sin sol; pero siempre que el hombre trabaja en contacto directo con los agentes naturales, encuentra para el cuerpo y para el alma tranquilidad y bienestar, salud y larga vida. Los viajeros que al empezar el verano cruzan en el tren la península en todas direcciones, presas de esa fuerza centrífuga que nos arroja de Madrid á las costas, es decir, del centro á la periferia, pueden ver, lo mismo en las grandes llanuras castellanas que en los campos de Aragón, en los valles de Asturias como en los cortijos andaluces, largas filas de hombres inclinados sobre las mieses amarillas; al paso de los trenes levantan un poco la cabeza y vuelven á su trabajo, t a m b a n d o con las hoces las enhiestas espigas. Tal es la siega, cantada por los poetas y copiada por los pintores; millares de hombres se ocupan en ella, ganando el pan para sí y asegurándolo á sus semejantes; también ellos al comienzo y al fin de la recolección cruzan en tren España entera contemplando los campos regados con su tíudor, y allí en los vagones de tercera de los t r e n e s mixtos, sudorosos y hacinados como borregos, dan gracias á la solicitud de las Compañías, q u e l e s proporcionan casi de balde los billetes de segadores n cuadrilla. El campo segado ya 110 ofrece á la mirada del viajero la superficie