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grados diez horas al día. I Qué contentos nos Yamos al í í o r t e! ¡Qué baratos son los billetes de ida y vuelta I Aun el m á s pobre puede pagarse el lujo de ir á San Sebastián, á FuenterraVn j, á Santander, Asturias ó Galicia ¿Y quién lia lie llevarnos? Dos hombres que responden de nuestras vidas, que han de pasar veinte iioras alimentando el fuego de la locomotora, viviendo en medio de los carbones hechos ascua y de los carbones que reciben ia fuerza del sol todo el día. Negros del humo, trasudando sin cesar, el uno ganará cin cuenta duros al mes, v e i n t i c i n c o el otro. ¡Qué calor hace en los v a g o n e s! Todos nos q u e j a m o s nadie se acuerda de los dos hombres que nos llevan. El pan que comemos diariamente lo amasan y cuecen hombres que para trabucarlo tienen que despojarse de todo vestido aun en invior no. ¿Qué será en verano? Encentados en sótanos, pegados al horno, han de resistir al horroroso calor de todo el verano. ¿Qué sería de nosotros si esos nos dijeran un mes seguido que no ha cían pan? Lo haiían los soldados me respondía ayer alguien á quien hacía yo la pregunta. J Ahí jlos soldados! i De esos sí que nos acordamos poco en los grandes calores I ICn campaña están, allá en Cuba y en Filipinas, cerca de trescient o s m i l compatriotas bajo los climas más ardorosos posibles. I Allí sí que hace calor! Y el soldado ha de soportarlo, cargado de cosas de matar, hoy batiéndose y muriendo de sed, mañana en marcha, al otro día en el hospital iraprovisado. Con recordar esto se olvida la temperatura de cuarenta y seis grados que en Madrid nos acobarda y nos desfallece. Toda- las guerras S in hoiribli S, poro la que se liai- c en l) leno calor sofocante es la peor de todas. E n aquel tremendo invierno del año 70, que fué uno de los más fríos del s glo, prusianos y franceses ¡uemaban las puertas, las ventanas, los carros, los muebles; tenían c a p o t o n e s y mantas, se defendían. Del calor no puede defenderse el que batalla, porque ya el batallar es calor de la pelea, como suele decirse; y si á él se añado el de las sábanas de Cuba ó el de lus bo. -ques filipinos, entoni es la vida del soldado es espantosa ¡Qué calor! No, no rc itanaos la palabra. Consolémonos p e n sando en el prójim pensem is que a h o r a mismo OQ fábricas y talleres, cuarteles y minas, en los desiertos de África donde el misionero e. xpone sn vida por pro agar la doctrina del Cribto, ó en lus campos de nuestras colonias por mantener la integridad de la patria, sufren muchísimo más con resignación heroica do ese calor que tanto nos espanta, todo género de seres humanos... Se dan cruces, encomiendas, lítulos á los paitii- ulares; se dan títulos de ilustrísimas, de heroicas á las ciudades. El premio para la mullitud callada y sufrida no se ha inventado aún, y no hay nadie más heroico que los héroes en masa, los ignorados, los olvidados, los grandes desconocidos. EuSEülo BLASCO