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EL CALOR AJENO ¡Qué calor I exclamamoa todos. ¡Qué insoportable calor! dicen lo mismo el rico que tiene en su casa todas las comodidades posibles, que el infeliz que se pasa doce horas trabajando en su bohardilla. ¡Qué calor! repetimos, egoístas, no pensando sino en nosotros, y creyendo que el sol que nos abrasa sólo para nosotros brilla con tal fuerza. I Agua fresca, hielo, cerveza! Este toma un baño frío, el otro prepara las maletas para irse á un puerto de mar cualquiera ¿Quién se acuerda de los que forzosa é inevitablemente tienen que pasar cien mil veces más calor qne e e qne tanto nos molesta? íS r- Curioso sería hacer la estadística de las víctimas inocentes de altas temperaturas, y más curioso aún y fatal y lógico sería deducir que todas ellas pasan por ese martirio horroroso para que los demás seamos felices. 0 h, qué razón tenía León XIII cuando dijo que en el mundo no había ni demagogos, ni anarquistas, ni enemigos de la sociedad! No hay más que desgraciados dijo el Santo Padre. Y si de tan autorizados labios han salido palabras tales, ¿cómo no repetirlas y extenderlas, para que por el mundo corran? ¡Calor! El que nosotros sufrimos es aire fresco comparado con el que estarán pasando en este momento los que trabajan en los hornos donde se fabrica el vidrio. Las penas del infierno de que nos habla la Iglesia deben ser así. Para que tengamos en la mesa la botella que ha de contener el agaafrappée, el vaso del espumoso champagne, es preciso que durante loa meses de Junio, Julio y Agosto, millares de prójimos soporten una temperatura de cincuenta