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I Bien haya, vuelvo á decir, la sabia institución del coro catedral, senado del obispo, y fecundo semillero de siestas! ¡Oh, quién pudiera descabezarlas plácidamente mascullando graves latines bajo la nave inmensa de una catedral gótica! A las tres de la tarde el ingente edificio proyecta sombra profunda sobre la calle próxima. Unos cuantos mendigos duermen acurrucados en el atrio. Pasáis al lado de ellos sin que vuestras pisadas les despierten; sólo una vieja, tan angulosa que el sueño no puede hallar postura cómoda en ella, os dice: ¡Hermanitol sin que la pereza le permita alargar la mano para recibir vuestra limosna. Entráis en la catedral pisando quedo; diríase que teníais miedo de despertar á los santos. ¡Qué augusta paz en el sagrado recinto! ¡Qué sombras tan apelmazadas y dormidas en las capillas! Las pocas velas que alumbran algunos retablos inclinan sus luces soñolientas, y cuando con furtivo resplandor se alzan éstas como despertando, veis allá en el enti- r nte de la capilla la estatua yacente de algún insigne procer, quien bajo la pesadumbre de su propia imagen labrada en mármol, dueime entre la miseria y el polvo su siesta eterna. A nuestros oídos llega el murmullo de las oraciones que se recitan en el coro, como el rumor de un río que resbalara por cauce profundo. Queréis alzar á Dios vuestros rezos, y la oración, tan propicia siempre á levantar el vuelo, os pide tregua perezosamente y se duerme en vuestra garganta. La inmensa catedral, sumida en la paz y en la sombra, parece el templo de una divinidad que descansa. De pronto suena agudísima, como un desgarramiento, la voz del monago que entona una antífona, y todo se despierta bruscamente. Los angelotes y endriagos del crucero alargan la cabeza como preguntando quién fué él osado rapaz que se atrevió á despertarles. En todas las capillas se siente un parpadeo de curiosidad, las luces se animan, los santos escuchan. El eco vibrante de la voz infantil produce en la iglesia una palpitación, una inquietud. Después vuelve á sonar augusto y grave el rumor de las oraciones del coro, y la catedral torna á dormirse en brazos de la paz y la sombra. La siesta es un anticipo del sueño de la noche. ¿Será el sueño de la noche un anticipo del sueño de la muerte? De todos modos, la siesta no es un vicio creado por la flojedad humana; también la Naturaleza duerme su siesta durante las fatigosas horas primeras de la tarde en los meses de Julio y Agosto. Si queréis convenceros de ello, recordad los abrasados campos de Castilla á las horas que cito y en los meses que nombro. Mientras fluye de la reseca tierra un vaho vibrante y luminoso, todo duerme en la desierta extensión de los campos. Ni un ser se mueve en ellos, ni un árbol agita sus ramas. El bochorno y la modorra caen á plomo sobre el liaz de la silenciosa y angustiada tierra. ¡Oh, cuan grato os será recordar la deslumbradora visión de esos campos castellanos en una habitación fresca y obscura de vuestra casa en las apacibles horas de la siesta y sintiendo ya la laxitud del sueño! Vuestros labios murmurarán los hermosísimos versos de aquel inmortal poeta castellano, que dicen: Son las tres de la tarde Julio Castilla; el sol no alumbra, que arde; ciega, no brilla. Y mientras con inútil empeño pretendáis recordar el cuento del silfo que tenía en una red de tamo prisión en un rosal, quedaréis prisioneros en la sutilísima red del sueño de la siesta, de ese sueño breve y ligero, que es como un alto que liace el espíritu en el camino de los cansancios de la vida. JOSÉ DB R O U R E ÜIBüJOS DK BLANCO COEIS