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sólo que en vez de estar limitado con edificios por uno de sus lados, lo está por el ancho cauce del Turia, en cuya orilla opuesta la ciudad se levanta y se dilata. Nada más artístico que aquel conjunto de pabellones y jardines que constituyen el elemento principal de la feria; cada uno de ellos es un abreviado paraíso ante el cual se nos embriagan los sentidos con las delectaciones y encantos que despiertan las músicas con sus ecos, las luces con sus destellos, el baile con su bullicio, las flores con sus perfumes, y la mujer valenciana, esencia y compendio de todas las bellezas, con su hermosura. El genio artístico de los valencianos, que de modo tan solemne se manifiesta en nuestras Exposiciones de pinturas, tiene su expresión más espontánea en estos días de feria, y especialmente en la batalla de ñores, donde los coches se transforman en canastillos de rosas y claveles, en los cuales cada aristócrata ó poderoso TIPOS DE LA IIUICRTA hace donosa ostentación de su gusto y su dinero. En verdad que entusiasma ver cómo cruzan por el puente del Eeal y desembocan en la feria, tirados por briosos caballos, vehículos perfumados que representan ya un gigante caracol compuesto de menudas florecillas, ya una góndola de grandes dalias y pensamientos, ya un nido de águilas simulado por gramíneas, entre cuyo dorado color destacan las blanquísimas magnolias con las pintadas camelias; y cuando estos coches estallan en incesantes explos- iones de flores, que parece que tienen alas y que giran locas en vértigo infinito de los coches á los pabellones y de los pabellones á los coches, con estelas de perfumes y aleteos de hojas y pétalos, se C A R T E L B E LA í JÍKIA ofrece ante nosotros el espectáculo más ideal que haya podido soñar la fantasía. Al fin queda sobre el ancho paseo tupida alfombra de matices vivísimos, por la que parece que los jardines de Valencia han dejado su movible y espléndida túnica tendida en el suelo de la feria. Allí se ha consumido en un momento la útil labor de largas horas de trabajo, la minuciosa tarea que han piepara- do centenares de floristas, el esmerado cultivo de tantos y tantos jardines, la obra lenta del campo, la alegría de aquella vega, donde se alza entre flores la tradicional barraca con sus cruces y su techumbre de paja reseca; todo, todo se consume y se derrocha en un instante; y así como Macbeth exclamaba: El bosque viene hacia mí allí se puede exclamar: La vega llijpye sobre la feria. Y si es espléndida y hermosa esta fiesta por lo que en ella pone el hombre, no lo es menos porla intervención de la Naturaleza, puetto que el Qielo con su claridad infinita y su transparencia incomparable, la tierra con sus alineadas falanges de limoneros y naranjos que brotan en la templanza de aquel benigno clima, la brisa y los murmullos del Mediterráneo que compensan los ardores del sol, difunden por todas partes cierta inexpUcable alegría, que penetrando por los sentidos se comunica al alma, haciéndola partícipe del bienestar que la rodea. RAFAEL TORRÓME Fototipia de Hauser y Menet, y fotografías de los Sres. Torres, Ángel v Garda HARHACA D E LA HUERTA