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Pijándonos PÓIO en las que hemos visto éii manos de nuestras damas los que, sin ser muy viejos todavía, hemos dejado de ser muchaclios, cuántas variedades de sombrillas, y qué primores en la elegante prenda I Yo tengo por una de las más bonitas aquellas sombrillas que se llamaron duquesas, y que gozaron de gran favor en los días felices de la emperatriz Eugenia, que las puso de moda. Eran chiquitas, el fondo de seda, pero guarnecidas de encajes riquísimos, que cuando se abrían caían en ondas. En el palo se empleaban materiales riquísimos: el marfil, el coral, la malaquita, y por pufio se ponían preciosas joyas. Se podían doblar para llevarlas cómodamente cuando se cerraban, y abiertas se las podía poner derechas por u n lado, haciendo de ellas una especie de pantalla. Las señoras que iban á pie las llevaban pendientes del dedo meñique por medio de una argollita que las sombrillas tenían en el regatón, y las que iban en carruaje las dejaban encima de la falda cuando pagaban por la sombra. Fueron estas sombrillas las compañeras de las capotas, de las manteletas de encaje y de los vestidos huecos con volantes, y lucieron mucho en los trenes á la Gran d Aumont y en las carretelas de ocho resortes, que fueron la más espléndida manifestación del lujo en los días fastuosos del segundo Imperio. Cuando las señoras, abandonando la lánguida molicie que había sido una herencia del romanticismo, se decidieron por los ejercicios corporales y anduvieron mucho á pie, adoptaron las sombrillas de largo y fuerte palo, que las servían de bastón, recordando modas del tiempo del Directorio, y que rara vez abrían. Después vinieron las sombrillas grandísimas, casi de las mismas dimensiones que los paraguas, pero de tela finísima, de tul generalmente, con transparente de seda de color apropiado al género de belleza de las que las llevaban. Estas sombrillas tenían por principal objeto formar u n fondo á las lindas cabecitas de sus amas, y las llevaban abiertas aunque no hiciera sol, dejándolas descansar sobre el hombro. E s t a s fueron las sombrillas adoptadas para complementar los vistosos trajes que se lucían, para presenciar las carreras de caballos, para formar u n elegantísimo toldo en el coche abierto, para resguardar en u n coquetón pabelloncito todo el busto, y para cubrir á veces dos cabezas que tenían que decirse cosas muy íntimas. La moda adornó estas sombrillas con ramas de flores, con grupos de rosas, y eran verdaderamente primaverales y campestres. Hoy reina en las sombrillas, como en todo, u n delicioso eclecticismo, y las hay grandes y pequeñas, según el gusto de las que las llevan, pero nunca se prescinde dé ellas, y son objetos de gran lujo, empleándose en los puños el oro, los esmaltes, las piedras preciosas y la artística porcelana de Sajonia. Lo que m á s se regala á las novias son abanicos y sombrillas, porque se sabe que éstos son objetos de uso indispensable, y lo que fué primitivamente una manifestación de lujo, es ya cosa corriente, que todas, hasta las más modestas, llevan. El espíritu práctico de los modernos tiempos creó el en- tout- cas, que participa de sombrilla y de paraguas, que sirve para resguardarse lo mismo de la lluvia que del sol, y que es uno de los atributos distintivos de la institutriz, como el bastón con borlas lo es de la autoridad. Hay tres cosas tan esencialmente femeninas, que constituyen los primeros juegos de las niñas, y son el abanico, la sombrilla y el vestido largo ó de cola. E n cuanto se reúnen unas cuantas miniaturas de mujer que apenas levantan u n palmo del suelo, y juegan á las visitas y á las señoras mayores, lo primero que hacen es prenderse al vestido corto u n pedazo de tela para que arrastre, enarbolar otra en un palo para que sirva de sombrilla, y hacerse u n abanico de pape! ó convertir en tal el aventador, si no tienen á mano otra cosa. La niña aprende instintivamente á llevar la sombrilla, de la que no ha de prescindir cuando sea mayor para salir de día, aunque no sea más que á la puerta de la calle. La Divinidad tiene el palio, la majestad el dosel, la mujer la sombrilla. Ésta da á los rostros hechiceros luz y sombra; los vela discretamente ó los descubre, les sirve de fondo y de aureola, y es un complemento encantador de la elegancia. Todo lo seductora que es la sombrilla usada por la mujer, es horrible y antiestético el quitasol usado por los hombres. Hay cosas que no pueden ser nunca masculinas, y una de ellas es la sombrilla, que está admirablemente en manos de la mujer, pero que se despega de las del bigotudo varón. Cuando una mujer á la que habláis de amores en el campo ó en la playa hace signos con el regatón de su sombrilla en el césped ó en la arena, está muy dispuesta á inundar de felicidad vuestra alma pronunciando muy bajito á vuestro oído, y abriendo la sombrilla para que á las palabras no se las lleve el viento, lo que constituye para nosotros el más dulcísimo poema. Ni el cielo puro y despejado de una tarde de primavera, ni la bóveda estrellada de una noche de Julio, ni el más artístico artesonado de la estancia más regia, valen lo que el ligero techo que forma una sombrilla de seda cuando cobija la cabeza hermosa de la mujer que espera sonriente y enamorada. KASABAL D I B U J O S UK M É N D K Z UKIXGA