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WéW K i a a i E D E L APÓSTOL SANTIAGO C A I L D R A L P U E U I A I l E LA CLOUIA no 8. De soberbia debe calificarse la plaza del Hospital, fornlada sólo por cuatro magnos y primorosos edificios, de estilos bien diferentes: la fachada occidental de la Basílica, conocida por la del Obradoiro, de gusto borromenieco; el magnífico Consistorio, neogriego; el Hospital Real, un relicario plateresco; el Colegio de San Jerónimo, con su singular portada compleja (composite) Mas ni esta plaza, que podría envidiar Roma; ni él suntuoso altar de plata donde se eleva la bizantina efigie del Apóstol, tan abrazada por devotos y devotas; ni la notable y discutida Colegiata inclinada de Sar, con su indiscutible claustro; ni San Martín Pinario; ni, para decirlo pronto, nada de lo que Santiago encierra en sus ámbitos, puede compararse á la Gloria. Los que escriben de la Gloria nos dirán, como dice el sapientísimo Fernández Sánchez, que el arte románico no ofrece modelo más acabado que esta obra del maestro Mateo, obscuro arquitecto de D. Fernando II de León; pero yo diría que el Pórtico de la Gloria, en su concepción y desempeño, rebasa de los límites de aquel mérito, que consiste en realizar el ideal de un estilo, y llega á esa esfera de lo bello, superior, en que se dan la mano los arquetipos de la suma perfección artística. Mientras en otros monumentos del románico, de ese estilo sencillo, simpático y rudo, se advierten las huellas de esa rudeza, graciosa quizás, en la Gloria se nota, dominando lo convencional del estilo y el poder del medio ambiente en que el estilo se formó, una inspiración directísima de la naturaleza y un dominio de la técnica que no habrá tenido en mayor grado ningún artista; por lo cual, las efigies de bienaventurados, evangelistas, profetas y apóstoles se asemejan, en su terreno, á los ruejores modelos de la estatuaria griega, y alientan y respiran en la atmósfera de la EL BOÍ Al- UMLIKÜ verdad y la naturalidad más exquisita y noble. En la Gloria de Santiago, el arte de la Edad Media encontró su Polícloto y su Fidias. Para los que no vayan á Santiago ni á hacer penitencia ni á recrearse en las piedras viejas y sagradas, el Ayuntamiento, el Cabildo y el pueblo disponen festejos á porrillo; fuegos, dianas, gigantones, ceremonias religiosas, bailes, exposiciones é inauguraciones de edificios nuevos, cucañas, certámenes y lanzan por los aires el Botafumeiro, coloso de los incensarios A la hora en que estos renglones se publiquen, Compostela, sacudiendo su letargo melancólico de reina viuda, hervirá en fiestas, como si hubiesen vuelto á lucir para ella los días de prosperidad de los siglos XII, XIII y XIV. EMILIA PARDO BAZÁN