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Y voy á apuntar un feníSmeno que indica cuan difícil y complicada es la psicología de las multitudes. Todo el mundo se fija en la primera capa que aparece por ahí, mediado el otoño. Nadie para mientes en el primer sombrero de paja que sale á la calle apenas Se inicia la primavera. Y eso que la primera capa sale medrosamente, avergonzada, esquivando la curiosidad de los transeúntes y buscando el incógnito en la obscuridad de una noche fría y ventosa de Octubre, mientras que el primer sombrero de paja lo saca al Retiro ó al Pinar un chico, joven, alegre y feliz, buscando en una tarde de primavera el mayor público posible para alegrar á todos con el anuncio del buen tiempo. La primera capa quiere ocultarse, y al día siguiente dan cuenta de su aparición todos los periódicos. El primer sombrero de paja quiere exhibirse, y nadie se ocupa de él dentro ni fuera de la prensa. Extraña conducta, ¿no es verdad? Porque tan cruel es anticipar los fríos, amarguras y tristezas del invierno con la noticia de la aparición de la primera capa, como ingrato es no dedicar un aplauso al joven simpáíico que anuncia las alegrías del estío luciendo el primer sombrero de paja en una hermosa tarde de Abril. Pero es que el público, y la prensa como reflejo de él, necesitan víctima- s ante todo. Y el hombre de la primera capa es una víctima segura; un valetudinario ó un miedoso que siente en sus pulmones la primera puñalada del Guadarrama. Mientras que el polluelo del piimer sombrero de paja es un valiente que se adelanta á los acontecimientos sin temor á las recrudescencias de Marzo y Abril. El primer sombrero de paja, el primer tranvía abierto y la primera horchatería, deberían merecer bien de la patria como el primer so dado que gana una trinchera, ó al menos una medalla y un cintajo; como el arrojado ciclista que bate un record difícil. Al cabo y al fin, la iniciativa es cualidad loable en u n país donde nadie se atreve á ser el primero. Pero volvamos al sombrero y á la paja, que en esta ocasión es volver al grano. Indudablemente el ministro de H. icienda no sale á la calle. Porque si saliera á Recoletos, á la calle de Alcalá ó á los Jardines, él, que tanto alambica las contribuciones y tanto exprime los impuestos, de seguro que al contemplar la nube de sombreros de paja que inunda á Madrid sentiríase repentinamente inspirado, como Arquímedes en el baño y Galileo ante la lámpara de la catedral de Pisa. Un impuesto sobre los sombreros de paja sería acaso la salvación de nuestra Hacienda. Qué episodio tan conmovedor! La Hacienda salvándose en una paja, como la hormiguita del apólogo. Ko se duerma en las pajas el señor ministro; no dude en cargar otro impuesto m á í sobre nuestras cabezas. ¿Quién había de negarse á pagar una peseta ó dos de sobreprecio por el más barato de los sombreros? ¿Quién había de a r m a r cuestión por un quítame allá esas pajas? Pongámonos en el caso peor, y supongamos que los compradores apelasen al retraimiento, que bajase la renta y disminuyera el consumo; ¿y qué? Eso probaría el respeto con que acatábamos el impuesto novísimo. Ante la idea del señor ministro, todo el mundo se quitaba el sombrero. Lo que es un nuevo motín de Squilache, no había que temerlo en modo alguno. El Sr. Navarrorreverter puede estar tranquilo; es un hacendista curado de Squilache. Mi ¿qué gloria mayor para el sombrero de paja que contribuir de algún modo á nuestra regeneración económica? Un impuesto sobre el sombrero de paja, sin excepción alguna, sería el impuesto modelo, el impuesto verdaderamente patriótico y, nacional para todas las edades, sexos, condiciones y categorías. A él contribuiría la chichonera del niño y el sombrero de jipijapa del indiano opulento; el tosco sombrerete del segador, empapado en el sudor de su frente, y la elegante toca de paja de arroz ó de Milán, adorno de una cabeza hermosa y juvenil; el sombrero flamante del gomoso y el sombrero de moda atrasada que se da al criado, al cochero de punto, al pobre de la esquina Todos los sombreros son pocos para pagarle el viaje de vuelta á ese otro sombrero de paja que ha pagado por todos en la manigua, en los manglares, en la ceja de los montes de Cuba. El sombrero de paja que traen los soldados cumplidos y enfermos: un sombrero quemado por la pólvora y por el sol, manchado con el sudor de la fiebre, cortado por el machete mambí, descoloriiJo y terroso como la cabeza anémica que cubre. Nuestros sombreros de paja irán á la basura. Estos otros irán á colgarse como exvotos junto á la Virgen del lugar, ó pregonarán el valor y el sufrimiento del soldado en las vitrinas del Museo de Artillería. L U I S ROYO VILLAXOVA DIBUJOS Dli B l ü X ü A