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En cuanto aprieta en Madrid el calor, la diosa Cibe les eclipsa con su fama hasta la fama de D. Antonio Cánovas. Mientras éste, recluido en las umbrías de la Huerta, nos brinda á los españoles con el placer de ignorar que tenemos Gobierno, la diosa Cibeles, rodeada por su numerosa corte do golfos, empieza á dar que ileiir á las gentes y á servir d protagoniota en los sufesos madrileños. Ei verano pasado se le declaró un caballero, y los periódicos, harto indiscretos, contaron con todos sus pe los y señales los trasportes amorosos á que se entregó el amante de la Cibeles en un arrebato de pasión, disculpable únicamente por la altura del termómetro. Este año los fieles adoradores de la diosa, que ribetean con su carne y sus andrajos el pilón en que aquélla abreva sus leones, despojáronse de p r o n t o cierta noche de los últimos restos de algo que fué traje, y se zabulleron en las claras linfas del estanque, de entre las cuales salieron á poco gritos de socorro penetrantes como picaduras de insectos. Terrible fué la catástio fe; las aguas se ennegrecieron, y los bañi tas nadaron sobre una verdadera hecatombe, porque había en el fondo de las aguas huésped e s m o r i b u n d o s conro bueyes. El h a m p a madrileña, la golfería andante tomó un baño de placer, y la robusta matrona, la fecunda diosa Cibeles contemplaba cariñosamente á los hijos de la miseria ó del trabajo, como diciéndoles con su 1. sonrisa: Refrescaos, muchachos, refrescaos! ¡Eefrescáos por aquellos infelices hermanos vuestros que empapan con su copioso sudor las sábanas de los hospitales de Cuba! ¡Refrescaos en este estanque mío, sucesor del de la Puerta del Sol, y único consuelo que os resta á lo madrile ños desheredados cuando aprietan el calor y Cánovas! Tomad un baño de p ace muy larg para desmentir á los poetas une hablan de la fugacidad de los placeres 1 Pero en esto llegaron los guardias de Orden público; la Cibeles enmudeció, los bañistas se sumergieron. La autoridad, viendo que no podía echarles mano, quiso apoderarse de sus ropas. Estas, impulsadas por mis- ha estrenado con aplauso un baile- pantomima titulado Los dos socios. Algunos periódicos dicen que la pantomima no se recomienda por su originalidad. Cierto; desde la Restauración á la fecha, no hemos visto más que Los dbS so dos en la escena de nuestra política. Dos socios indudablemente mucho más honrados que los de la pantomima de los J rdines pero bien avenidos como éstos, y como éstos moviendo los pies al f: on que les tocan. Kl Sr. Silvela, que ha comenzado por Burgos su viaje de propaganda para la constitución del tercer partido, podía y debía haber empezado en Madiid su aparatosa campaña. ¿Cómo? Muy sencillamente. Yendo al teatro de los Jardines á silbar á Los dos socios. ¿Qué razón habrá para que en España la política conservadora sea inseparable del azadón y de la podadera? Los c o n s e r v a d o r e s de D. A n t o n i o Cánovas no piensan, ni confian, ni viven más que en ó por la í tuerta. Los frutos que allí se producen, bien sazonados y jugosos, alimentan sus esperanzas y vigorizan sus cuerpos. Alegres á la vista, suaves al tacto, perfumados al olfato y sabrosos al paladar, con esos frutos los conservadores de Cánovas creen, como el doctor Pangloss, que vivimos en el mejor de los mundos posibles. Sin ellos, la fatídica visión del comedor de Sagasta turba y entristece sus espíritus. Sale á campaña D. Francisco Silvela, y el primer meeting de propaganda lo celebra en un jardín, en el hermosísimo jardín de la finca burgalesa que posee D. Santiago Liniers. ¡La H u e r t a para los ortodoxos, el jardín para los disidentes! Para aquéllos los frutos, para éstos las flores. La realidad para unos, las esperanzas para otros. El azadón para Cánovas, la podadera para Silvela. Y el país, mano sobre mano, diciendo: Caven ustedes, poden ustedes. Luego entraré yo. ¿De qué modo? Tal vez en forma de pedrisco. GiA- És DK PASAMOXTE sS i r -w oi teriosas fuerzas, echaron á correr calle de Alcalá arriba. Hubo residuo de araerieana que no se detuvo hasta la calle de Sevilla, y una vez allí ella sola pegó un sablazo. Mientras tanto el Sr. Navarrorreverter decía en la Huerta que el pue blo esp. añol, á despecho de los pesimistas, es un pueblo rico que padece la monomanía de las ocultaciones. ¡Xo lo creerá así la Cibeles! ¡Vaya por Dios I ¡Ya ha habido palos en los J a r d i n e s! Declaremos, pues, la normalidad del estío madrileño. En el teatro de t a n ameno sitio se