Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
Ál día. siguiente empezaron las lecciones de María, que era en eíecto una nina celestial, fina y lánguida como una rosa blanca, de esas que para marchitarlas basta uu soplo de aire. Acostumbrado Trifón á que sus discípulas sofocasen la carcajada cuando le veían por primera vez, notó que María, al contrario, le miraba con lástima infinita, y la piedad de la niña, en vez de conmoverle, ahincó su resolución implacable. Bien fácil le fué observar que la nueva discipula poseía un alma delicada, una exquisita sensibilidad, y la música producía en ella impresión profunda, humedeciéndose sus azules ojos en las páginas melancólicas, mientras las melodías apasionadas apresuraban su aliento. La soledad y retiro en que vivía hasta que se vistiese de largo y recogiese en abultado moño su hermosa mata de pelo de un rubio de miel, la hacían más propensa á exaltarse y á soñar. Por experiencia conocía Tritón esta manera de ser, y cuanto predispone á la credulidad y á las aspiraciones novelescas. Cautamente, como criminal que prepara el atentado, observaba los hábitos de María, las horas á que bajaba al jardín, los sitios donde prefería sentarse, los tiestos que cuidaba ella sola; y prolongando la lección, sin extrañeza ni recelo do los padres, eligiendo la música más i- perturbadora, cultivaba el ensueño enfermizo á que María iba á entregarse. Dos ó tres meses hacia que la niña estudiaba música, cuando una mañana, al pie de cierta ma (íeta que regaba todos los días, encontró un billetito doblado. Sorprendida, abrió y leyó. Más que declaración amorosa, era un suave preludio de ella: no tenia firma, y el autor anunciaba que no quería ser conocido, ni pedía respuesta alguna: se contentaba con expresar sus sentimientos, muy apacibles y de una pureza ideal. María, pen sativa, rompió el billete; pero al otro día, al regar la maceta, su corazón quería salirse del pecho y temblaba su mano, salpicando de menudas gotas de agua su traje. Corrida una semana, nuevo billete, -tierno, dulce, poético, devoto; -pasada otra más, dos pliegos rendidos, pero ya insinuantes y abrasadores. La niña nu se apartaba de jardín, y á cada ruido del viento en las hoja pensaba ver aparecerse al desconocido, bizarro, galán, diciendo de perlas lo que de oro escribía Mas el autor de los billetes no se mostraba, y lo: billetes continuaban, elocuentes, incendiarios, colocados allí por invisible mano, solicitando respuesta y esperanzas. Después de no pocas vacilaciones y con harta vergüenza, acabó la niña por trazar unos renglones, que depositó en la maceta, besándola; eran la ingenua confesión de su amor virginal. Varió entonces el tono de las cartas: de respetuosas se hicieron arrogantes y triunfales; parecían un himno; pero el incógnito no queiía dejarse ver; temía perder lo conquistado; ¿á qué ver la envoltura física de un alma? ¿qué le importaba á María el barro en que se envolvía un corazón? Y ihiría, en- fregado ya completamente el albedrio á su enamorado misterioso, ansiaba con- r: V templarle, comerle con los ojos, segura de que sería un dechado de perfecciones, el ser más bello de cuantos i isan la tierra. Ni cabía menos en quien de tan expresiva manera y con tal calor se explicaba, que María, sólo con releer los billetes, se sentía morir de turbación y gozo. Por fin, después de muchas y muy regaladas ternezas que se cruzaron entre el invisible y la reclusa, María recibió una epístola que decía en sustancia: Quiero que vengas á mí J; y después de una noche de desvelo, zozobra, llanto y remordimientos, la niña ponía en la maceta la contestación terrible: Iré cuando y como quieras. I Oh I I Qué temblor de alegría maldita asaltó á Trifón, el monstruo, el ridículo eno wpmo, al punto en que, dentro del carruaje donde la esperaba, recibió á María con los brazos I La completa obscuridad de la noche- -escogida, como boca de lobo- -no permitía á la pobre enamorada ni entrever siquiera las facciones del seductor Pero, balbuciente, desfallecida, con explosión de cariño sublime, entre aquellas tinieblas, María pronunció bajo, al oído del ser deforme y contrahecho, las palabras que éste no había escuchado nunca, las rotas frases divinas que arranca á la mujer de lo más secreto de su pecho la vencedora pasión y una gota de humedad deliciosa, refrigerante como el manantial que surte bajo las palmeras y refresca la arena del Sahara, mojó la mejilla demacrada del corcovado El efecto de aquellas palabras, de aquella sagrada lágrima infantil, fué que Trifón, sacando la cabeza por la ventanilla, dio en voz ronca una orden, y el coche retrocedió, y pocos minutos después María, atónita, volvía á entrar en su domicilio por la misma puerta del jardín que había favorecido la fuga. Grande fué la sorpresa de los padres de María cuando se enteraron de que Trifón no quería dar más lecciones en aquella casa; y mayor es todavía la incredulidad de los contados amigos que Trifón posee, cuando le oyen decir alguna vez, torvo, suspirando y agachando la cabeza: -También á mí me ha querido, ¡y mucho! ¡y desinteresadamente! una mujer preciosa DIBUJOS DE MÉNDEZ BEINGA E M I L I A PARDO BAZÁN