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A sonado la hora de la desbandada. Madrid se despuebla. ¿Dónde va usted? -A despedir á los marqueses de X, que salen boy para San Sebastián. -Y ustedes, ¿cuándo? -Dentro de cinco ó seis días. ¿A Biarritz? -xi Biarrit ¿A pesar de los cambios? -A. pesar de los cambios. -Yo no me atrevo; eso de los cambios es un problema terrible. -No lo crea usted; yo he sido ropTiblicano, izquierdista, conservador, y ahora pienso afiliarme al partido de Sil vela. -Bueno, sí; los cambios políticos son una cosa, y los de los trancos otra. Tal dilettante hubo que se preguntó á sí mismo- ¿Continuarán la tiple y el tenor en el pescante? Ahora con esos recuerdos, y al cruzar nuevamente por la calle dtíl Arenal, camino no del Eeal, sino de la estación del Norte, exclama melancólicamente: ¡Cómo se va la vida! Y el mismo bache del pasado invierno le hace pegar un gallo en esa exclamación, como se lo arrancó meses atrás cuando canturreaba con letra y música de Boito: ¡La realiláfii un dolare, l ideale un soy no I ¡Hasta los botijistas han huido! La primera hornada salió hace días para Alicante. ¡En cuántas calles de los barrios bajos se echarán ya de menos las sillas que sacaban á la acera los actúa- ¿Dónde va usted? al banquero, al empleado, al aristócrata, al periodista, al actor, hasta al sastre. Ayer me encontró en la calle á don José Canalejas, y no se lo pregumí Es el único con quien no reza la pregunta de moda. Allá va la nave, ¿quién sabe dó va? Bueno, pues tampoco se lo pregunten ustedes. O se incomodará el Heraldo de Madrid. Los periódicos empiezan á publicar estos días largas crónicas de robos. La cosa no tiene nada de particular. En las habitaciones vacías abundan las ratas. ¿Por qué no han de abundar los ratas en los pueblos deshabitados? El inquilino ó propietario de tal ó cual finca madrileña se va muy satisfecho ala estación, dejando la puerta de su casa cerrada con doble vuelta de llave. Pero he aquí que surge el ladrón- Tí ¿Pero aún quiere usted cambios más francos que los míos? -Tiene u s t e d razón. ¡Buen viaje! Y á las últimas lloras de la tarde la Cuesta de San Vicente parece el salto de una cascada. Carruajes blasonados, con magníficos tiros; carruajes sin blasones; carruajes de abono; democráticas mañuelas; todo el Madrid que anda en coche propio ó ajeno y pagado ó debido, baja como una avalancha hacia la estación del Korte, donde espera formado el expreso á sus aristocráticos huéspedes. Estos, que en su camino hacia la estación pasaron por la calle del Arenal, entarugada y llena de baches, recordaron al cruzarla las noches del teatro Real durante el último invierno. Volvían del regio coliseo canturreando un motivo de la ópera, y ¡zas! los importunos baches, haciendo oscilar bruscamente el carruaje, convertían aquél en una hermosísima serie de gallos. les huéspedes de la playa leViintina! Cuando no circulaban los trenes botijiles, el Madrid de verano era todavía Madrid. Abandonábanlo las clases altas, huían de él las gentes de dinero, pero quedaba el pueblo. Sacaba éste las sillas á la calle, ponía un botijo junto á cada grupo, y Madrid se transformaba en una inmensa tertulia. El rápido de Alicante la ha matado. Todo degenera espantosamente en la villa del oso y del madroño. Mes y medio hace ya, poco más ó menos, que se abrieron los Jardines del Buen Retiro, y todavía no ha habido en ellos palos. ¿Cabe mayor anomalía? f ¿Dónde va usted? es la pregunta (le moda. Yo se la he dirigido á todo el mundo, en virtud del derecho de reciprocidad que me asiste. í J. MJG. ú V zuelo armado de ganzúa (espada en su caló) y la puerta tan cuidadosamente cerrada se abre como el capullo de una flor al beso del viento, según dicen los poetas. La espada en manos de un buen tres illif- ta y de un rafa madrileño es una arma temible. Pero ¡ay! sólo en manos de loa tresillistas y de los ratas. En Cuba, y no ciertamente por deficiencias de nuestro ejército, tiene que combinar sus brillantes servicios con la acción diplomática, la acción política, la acción económica y las acciones del Banco. Ello es que en Madrid nos roban á mansalva nuestros más distinguidos rateros sirviéndose diestramente de la ganzúa (espada en su caló) ¿Cómo llamarán á la espada en los Estados Unidos? GiNÍs DB PASAMONTE