Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
t Tc. Y es natural que así suceda. El botijo es adulador; ¡y cómo no ha de serlo! que diría un americano; si el botijo eclá hecho de barro como el hombre, su misma naturaleza ha de tener. Tentado estoy por decir que después del hombre vino la creación del botijo. Por lo demás, no hay personaje m á s solicitado en todas partes; todo el mundo pregunta por él. ¿Y el botijo? ¿Dónde está el botijo? ¿Se sabe algo del botijo? Decía que el botijo se pasa las noches en claro, asomando el pitorro por entre los hierros del balcón y enterándose de todas las historias amorosas de la vecindad. ¡Si hablaran los botijos! Pero ya que los pobrecitos lo único que pueden decir es ¡doI, ¡doI, como si fueran tartamudos, en cambio, como son sensibles, se rezuman de puro gusto al oír alguna palabrita amorosa. Y éstos que se rezuman son los que prefiere la gente, porque hacen mejor agua. Otro de los títulos que tiene este cacharro para la admiración de las gentes, es el de la consecuencia. Ahí sí, señores; I el botijo es el ser más consecuente de la creación! Xace botijo, y muere botijo; no cambia ni de forma siquiera. No así la botija, su consorte, que como hembra, sujeta está á la coquetería del sexo, y se engalana sus brazos y se llena de encajes su cintura, y hasta se pinta de carmín el cuello. El botijo no; es basto, tosco, todo lo que se quiera; únicamente cambia un tanto al recibir su bautismo de agua; entonces la pureza de su barro, lo blanquecino de su exterior se torna en u n color terrizo, que ya no abandona. Y la prueba de su influencia es que el botijo, tal como es, ha llegado hasta los Consejos de las Compañías ferroviarias y ha organizado trenes que llevan su nombre. ¿Quién no conoce los trenes botijos, en los que pue (Je uno asarse impunemente por un precio módico? Cuando hega la romería de San Isidro y al lado de los puestos de la Javiera se alzan los tenderetes de los alfareros, en primer término aparecen los botijos en fila correcta, limpios, vestidos de blanco, como si acabaran de t o m a r l a primera comunión. Después salen del mercado en cUstintas direcciones, según las aficiones ó la profesión de sus compradores. Los talluditos van á los puestos de agua á hacer vida de calaveras; allí, bien repantigados en el mostradorcillo del puesto, cubierto el pitorro y la boca por caperuzas de hoja de lata, oyen los chicoleos de la gente joven á la aguadora, las gitanerías de cierta gente y los timos de los señoritos chulos, todos ingeniosos y de muy buen gusto, como Malegro verte güeña; Ya sé quién dices; ¡Tampoco! y A mi Prím. ¡Con qué envidia los contemplan los desheredados, esos botijos de los aguadores ambulantes, condenados á errante vida y á traqueteo continuo! Pero son m á s felices todavía que los que van á parar á manos de las criadas de servir. Estos, por regla general, tien e n u n mal fin; mueren casi siempre de muerte violenta en las fuentes mientras las domésticas oyen embobadas á su soldado. Al menor descuido, el botijo se suelta del asa, y ¡zas! cachitos, ó cuando menos, pérdida de algún miembro importante. Y hay que apelar á los vendajes, y hay botijo que parece propiamente del Cuerpo de inválidos. Y hago punto, porque me parece que ha llegado la hora de que suelte el botijo. ¡No se me rompa á mí tambiénl DIBUJOS DB HÜEKTAS LUIS GABALDÓN