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LAS ROSAS La Naturaleza se lia vestido de flesta; en los campos hay colgaduras de flores; los árboles han echado hoja nueva; el césped palpita bajo miríadas de insectos, y los pájaros de todas las razas y matices hacen coro al ruiseñor, que entona noche y día el himno eterno del amor, el canto religioso de la Naturaleza, al Dios creador de todo lo creado. Estamos en plena estación de las rosas. Han venido vertiendo aromas. Es una familia inmensa que sale del Paraíso todos los años y hace á pie la jornada de la tierra para que pobres y ricos la vean y agasajen. Marcha delante la rosa de Damasco, en seguida la de Alejandría, la de Bengala, la de China, la blanca, la purpúrea, la nacarada, la amarilla, la pálida, la de the, la de Madrid, y por último la de musgo, elegante y esbelta, que viene sin abrir la corola y hay que conservarla en agua para que los botones no pierdan el olor ni se marchiten. Las puertas de los templos se abren; los altares de la Virgen se llenan de ofrendas, y en derredor del Tabernáculo, incensarios de rosas vierten el aroma del cielo. Las rosas adoran la Cruz, caen en lluvia de oro sobre el palio que cubre la Custodia, y esmaltan con sus hojas las casullas de los sacerdotes. Los ancianos y los enfermos las ven llegar con inusitada alegría, porque el sentido del olfato, dotado de un recuerdo imborrable, hace revivir súbitamente en la memoria todo lo que se relaciona con el instante de su exhalación. Memento es la palabra misteriosa de la flor; ¡acuérdate! y el perfume traduce esta palabra al olfato, que escucha absorto. En cada casa hay un altar; en cada florero un ramo; donde no hay otra cosa, la flor de Dios se alberga como puede en una jarra ó en un vaso, y desde su humilde pedestal alegra la vista del pobre. ¡Benditas sean las rosas, que Dios nos envía para que fijemos, mirándolas, nuestro destino I Son heraldos de la gloria, que predican la vida eterna del infinito. Escuchad ahora una anécdota on que figuran las rosas como parte principal. Clotilde, mujer de Clovis, solía llevar ocultamente víveres á los prisioneros cristianos, no obstante las amenazas de su marido, que no había abrazado aún esa religión. Un día el rey sorprendió á su esposa en el Á momento en que llevaba escondidos entre los pliegues del manto los socorros do costumbre. El i se pone furioso y la pregunta con voz terrible: ¿A dónde vas? ¿Qué ocultas? Clotilde no acierta á responder. El rey, fuera de sí, la arranca el manto, y ¡oh maravillal Clotiiu se queda tan sorprendida como Clovis cuando en lugar del pan que llevaba á los pobres vio caer al suelo una lluvia de rosas. Los antiguos escribieron versos á las rosas, juzgándolas habitadas por encantadoras ninfas. Se creyó que la mariposa fuera el doncel favorito de la Sultana, pero se vio que sus galanteos eran apócrifos. La rosa ama, sin embargo, y es amada. La ninfa que la habita cuenta quince ó veinte amantes. Ninguna otra flor tiene harem semejante, pues el clavel, por ejemplo, se contenta con diez, y el tulipán nada más que con seis. La rosa doble, en particular, está considerada como la coqueta más aturdida. Si no creéis en esos amores, cortad los hilos que forman los pétalos, aislad la rosa, veréis que en seguida pierde su color espléndido, que el pistilo cae infecundo, y que las colgaduras del lecho nupcial le sirven de sudario para morir al fin sin descendencia ENEIQUK S E P Ú L V E D A