Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
Sif r 2 F i3 ÍP- r H r. á tu fuerza; pero la iJea, el pensamiento, el cálenlo, me X hacen dueño de ti. ¿Dndas aún? Pnes bien, mete una pata en esa hendidura si te atreves, añadió mostrando el corte i ue nabía hecho en el tronco, y que mantenía abierto con e! liacha. A oír decir si te atreves obedeció sin dudar el león. El leñador entonces retiró el hacha, aún imjjregnada cou la savia del gigante de ios bosques, y la fiera quedó apresada. -Y ahora, ¿soy el hombre? dijo gravemente el leñador: ¿soy tu d ueuo Anonadado por tanta audacia, el león bajó la cabeza y guardó silencio, como á todo el que se confiesa vencido. En cuanto le fué devuelta la libertad, se echó sobre el musgo y empezó á lamerse tristemente la pata, cubierta de sangre. La fiera vencida repasó tristemente en su memoria todos los incidentes del viaje, y recordó el consejo de la leona su madre. El hombre entonces se acercó al león, y después de lavarle su herida, sin añadir una palabra, sin volver la cabeza, descuidado y con el hacha al hombro, tomó tranquilamente el camino de su cabana. Largo tiempo le siguió con la vista el león, y cuando se vio solo, lleuo de vergüenza y. dudando ya de su fuerza y de su poder, dos gruesas lágrimas nublaron sus ojos; se levantó cojeando, y volvió lentamente hacia el desierto. Desde aquel día se ha convenido en que el león no atacará jamás al hombre valiente.