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Si j: j -J A? Í -r- -J: r: -7, J Al día siguiente vio en una pradera á un caballo con los remos trabados. ¿Eres tú el hombre? le preguntó el feíoz viajero. -Señor, contestó temblando el caballo, no soy el hombre, sino su servidor j su montura; buauJo no corro como él desea, me clava en 1 ÜÍ ijnch unas ruedecillas llenas de pinchos. Sacudió su melena el león, hizo crujíi dientes, y echó de nuevo á andar, preguntandose con rabia sorda quién podría ser aquel que en el mundo parecía haber sometido todos los seres á sus caprichos, á su fueiza a su voluntad. Después de algún tiempo, lleyo á la ih dia. Su mirada descubrió en seguida un anuiial de tximaño enorme, y al parecer de invencible ínei u! u ¿í í T- rc. -Esta vez no me engaño, dijo al acercaise, eie tú el hiniibie (i I uP- -Te equivocas; yo soy el elefa: Ute. y e e 0030 nombie acalu d- piunnnuai t mi amo y señor. Le llevo sobre mi lomo cuando desea idjai o ca ai al Uj, u cumotieuc confianza en mi, me hace guardar sus hijo Oyendo estas palabras, se alejó el león, cada ve más. preocupado. De pronto, unos golpes so. dos que se oían á intervalos iguales le sacaron de su preocupación. Pudo observar que los ruidos salían del fondo de la selva. E internándose en ella columbró un sitio despejado, adonde se acercó, viendo un roble próximo á caer cortailo por el hacha. Ni en ésta ni en el leüador reparó al principio el viajero, que exclamó dirigiéndose al roble: ¿Eres tú el hombre?