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EL HOMBRE txsí Una noche del pa- a (lo invierno, y encontrándonos al amor de la lumbre, pnes había llovido todo el día durante nuestra visita á esa maravilla de las maravillas que se llama Bualbek, fué cuando oí contar á un árabe que venía con nosotros de Dama lu leyenda que a ui transcribo, ordenando mis notas de viaje. ST L Koberbio y generoso león acababa de ser muerto, dejando en la selva, par; i js A honrar su memoria y perpetuar su raíia, á la leona y al cachorro. Este ardía en deseos de recorrer el mnndo. ¿Por qué, le decía su madre cubriéndole de caricias, por qué quieres abandonarme? ¿No estás bien aquí? Ten cuidado, hijo mío; más allá de estas soledades ese ser temible que se llama el que forman fu imperio, encontrarás, entre otros peligros, al más terrible, al más cruel dé- tns enemigos: el que te ha hecho huérfano hombre. Causado de oir todos los días la eterna amenaza, y no tomando consejo más que de su valor, una tarde el heredero del león se marchó, diciendo á su madre: n- -No temas por mí; soy joven, soy fuerte, soy valiente como lo fué mi padre; no temo á nada ni á nadie; si me encuentro al hombre, ¡se acordará de mí! Y el león se fué. El primer día encontró á un buey en su camino. ¿Eres tú el hombre? le pregiuitó. -No, contestó el tranquilo rumiante; ese de quien hablas es mi amo; él rne engancha al arado, y si mi marcha le parece lenta, para activar mi paso n. ic pincha las carnes con una punta de acero El león se alejó pensativo.