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iío, el abanico no es en mano de las mujeres un instrumento que sirve para hacerlas airé, según la definición del Diccionario de la Academia. Nada de instrumento: es un juguete, ea un adorno más; es, sobre todo y como dije antes, un compañero, un amigo. Amigo discretísimo para velar pudores si se sienten ó fingir que se velan si no existen, para interponer una movible y sutil cortina entre las miradas demasiado ardientes de los ojos que admiran y el rostro admirado, el abanico, en suma, pren da esencialmente femenina, sirve en manos de una hermosa para i todo, que es lo mismo que las mujeres dicen de los hombresi ¡bien manejados, somos como los abanicos! Y tan satisfecho y agradecido se muestra el sexo débil con ese delicioso cetro de su debilidad, que engarza en sus varillas las piedras más preciosas é incrusta también en ellas los metales más ricos. Forma además sus países con plumas, con encajes, con rasos, con cuanto ama y desea una mujer; y para demostrarle con mayor efusión su cariño, lo sujeta al imperio de la moda, es decir, Jo admite en su esclavitud, le instituye compañero de cadena. Unas veces los países han de ser muy estrechos, otras veces muy anchos; hoy de encaje, mañana de piel; las varillas fueron ayer de maderas olorosas, mañana serán de marfil calado, al otro día de concha rubia. Todo el abanico muy grande, todo el abanico muy diminuto. ¡Y á ese encantador y variable juguete del capricho femenino le llama la Academia instrumento para hacerse aire! I Qué instrumento para hacerse aire I Eso será en manos de los académicos; en manos de las mujeres es, en todo caso, instrumento para hacer coqueterías. Sin embargo, el abanico ha debido jugarles á sus dueñas alguna mala pasada, porque en ciertas épocas le han castigado terriblemente. ¿Que cómo? Enviándole á casa de los poetas amigos para que lo llenasen de versos. Ah, señoras mías! ¡Cuánta crueldad I ¡Qué frío tan terrible hace esta noche! decía una crudísima de Enero, en el foyer del teatro Real, cierta encantadora marquesa. ¡Y se abanicaba! Bien es cierto que todos los chicos de la high- life la estaban contemplando. ¿Cabe mayor demostración de que el abanico no es para las mujeres prenda de verano, lenitivo al calor, ni instrumento que dé aire? Para nosotros los hombres, sí; en nuestra torpísima diestra el abanico es un desesperado llamamiento al aire fresco. ¡Pero con qué poquísima gracia llamamos á ese sutil ausente de las tardes de estío! Las mujeres se abanican como si recitasen versos; se perciben el ritmo y la rima. El aire así acariciado, llega, se detiene á escuchar, y repite, durmiéndose sobre el rostro femenino, tan dulce música. Nosotros nos abanicamos como si quisiéramos espantar á fuerza de puños el calor, ó como si pensásemos que el fresco se logra pegando aldabonazos en el aire. i Sombra y aire por cinco céntimos! gritan los vendedores de abanicos hombrunos en la Puerta del Sol. ¡Mentira! Ni aire, ni sombra. Para proporcionar ésta es muy pequeño; para obligarle á que nos procurase aquél, necesitaríamos un largo aprendizaje. Pero si el abanico no nos sirve á las mujeres ni á los hombres para hacemos aii- e, porque aquéllas no solicitan de él tan humilde servicio y porque nosotros somos demasiado torpes para manejarlo, ¿para qué sirve el abanico como instrumento ó prenda veraniegos? Pues bien, sí; sirve para hotel, hospedería ó albergue de maleantes. ¿Dónde vas á veranear este año. Pire? ¡Pues en el Abanico! ¡De seguro que éste también tiene las paredes llenas de versos! Tosií DK R O U R E DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINGA