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I a escer. a representa la biblioteca de! a Huerta. 1) Atanasio Morlesín se pasea intranquilo con una preciosa plegailera de marfil en la mano. Sobre las mesas, sobre las sil as y por el suel hay trescientos libros con las hojas sin cortar. Morlesín coge un libro, se sienta, introduce la plegadera entre las dos primeras hojas, suspira, dirige una mirada de espanto á los doscientos noventa y nue, ve volúmenes que le esperan, suelta el que tiene en las manos, se enjuga el sudor, apoya la punta de la plegadera en los labios. Después se levanta y torna á sus paseos. (Esta escina se repite seis ó siete veces. De pronto se oye el ruido de u n coche. El rostro de Morlesín manifiesta sorpresa. D. Atanasio escucha unos pasos con ceceo cada vez más próximos; los reconoce. Se abre la puerta de la biblioteca. Aparece sonriente D. Antonio Cánovas, y dice; -Atanasio, suelte usted ¡a plegadera. Seguimos en el poder hasta la caída de las hojas. 1 Se h a n salvado las de los trescientos libros V D. Atanasio Morlesín! Por fin aparece el jurad su presidente se adelanta á leer el veredicto. ¡Terrible momento de ansiedad! El presidente dice con severo acento; Fulano de Tal (nombre del reo) Autor de tal cosa. (Calificación del crimen) Tercera medalla. ¡Odiad el delito! ¡Compadeced al delincuente! Efectos de la crisis en provincias. Leo en u n periódico bilbaíno: Un sujeto que frecuentemente acostumbra á ponerse alegre, en ciertos ratos de expansión se imagina que es nada menos que Sagasta. Ayer el hombre leyó los periódicos y vio que Sagasta estaba para subir al poder; libó luego algunas copas de vino, y saliendo á la calle y creyéndose íirmemente presidente del Consejo de Ministros, empezó á dar vivas á Sagasta y á repartir credenciales. La única que surtió algún efecto fué la de los guardias municipales, que le condujeron á la prevención. La solución de la crisis para ese pseudo- Sagasta habrá sido el amoniaco. j También al resto de los españoles nos ha dado con tal motivo u n olor sospechoso en la nariz! -Me parece un ruido bastante agradable. -Entonces, ¿por qué aplaude usted al Orfeón con tanto entusiasmo? -Hombre, porque me entusiasman esos cincuenta españoles que abren la boca al mismo tiempo y no piden el poder. El magnífico salón de actos del Círculo liberal está echando bombas. Acaba de caer en él la solución de la crisis. Los socios se apiñan en derredor de cualquiera que hable alto. Unos fusionistas gesticulan, otros se dejan caer desmayadamente en las butacas. Se oyen voces que dicen; ¡No podemos consentirlo! J Otras que proponen resoluciones enérgicas, y muchas que responden: ¡Eso! ¡eso! D. Alberto Aguilera trata inútilmente de calmar á los exaltados. Aimncia la próxima llegada al Círculo de D. Segismundo Moret, portador de la revista y explicación de la crisis, con todos los cuadros y argumento que tiene la obra pero las palabras de Aguilera, otras veces t a n cariñosamente escuchadas, no satisfacen á nadie. Aumentan las voces, aumentan los gestos y pasan por el salón vientos de fronda, empujando á los mozos del Círculo, que v a n aquí y allá asustados. E n esto empieza á oler á chamusquina. Un socio que forma parte del más nutrido de los grupos, se inclina y ve salir humo de debajo de una butaca. Mete la mano, toca un rollo de papel y grita con terror: i Un petardo 1 Y d e s d e t o d o e l ámbito del salón le responden trescientas voces: ¿Otro? Estalla una carcajada, y entra don Segismundo Moret con la revista y explicación de la crisis, etc. etc. etc. GiNÉs DE PASAMOKTE El reo espera impaciente la deci sión del jurado. Este, después de haber examinado el cuerpo del delito, se retiró á deliberar. Por la mente del reo pasan en aquellos instantes de angustia todos los recuerdos de su crimen. Cómo lo proyectó, las dificultades que tuvo que vencer para realizarlo, la compra del lienzo fatal, las noches de insomnio, las veces que rascó ¡sí, que rascó! con el cucliiUo á sus víctimas. E s t o s recuerdos le estremecen, pero confía en que la elocuencia de sus defensores habrá desarmado la justa ira del tribunal. Al debut del notable Orfeón Pamplonés en la Comedia asistió un público numeroso y selecto (así lo dicen los revisteros) Un caballero aplaudía entusiasmado todos los números del programa, haciéndose notar por la insistencia y la sonoridad de sus aplausos. Cierto vecino de butaca le interrogó con la mayor cortesía: -Caballero, ¿es usted navarro? -No, señor, aragonés. -Pero le entusiasmará á usted la