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Lo espantoso fué que un día dispuso que Lolilla se fuera á vivir con él al horrible barracón. Hasta aquel día, Lolilla se había hospedado en las fondas ó en los mesones. ¡Armando, mira que á mí me da mucho miedo! ¡Zólo de oirlaz dezde lejoz brama á laz fieraz, me acomete un ezpanto que ze me pone er corazón como u n grano de aniz! ¿So me decías que vendrías conmigo á los infiernos? No querer polémicas; aquella es nuestra casa Y entró en ella, y se encerró llorosa en el departamento que había servido en otro tiempo y liabía de servir en adelante de habitación á Armand, y allí creyó la pobre niña cordobesa morirse de miedo Pudo acostumbrarse á los rugidos y hasta al tufo de bestias feroces que por las aberturas de la barraca llegaba al cuarto aquél; ¡pero el miedo seguía martirizando el pobre corazón de Lolilla! II Pasado un año, ya se habituó á recorrer la galería de jaulas. La distraía y regocijaba mirar los monos; miraba con odiosa curiosidad á las hienas; con esquivez medrosa al oso blanco, que puesto de pies era enorme, y contemplaba con estremecimientos de desconfianza intensa á la pintada pantera. íío obstante, no liabía querido acercarse todavía á la jaula del león. Sobrado era que hubiese podido resignarse á oir sus rugidos. ¡Si asi hubiera podido habituarse Lola al trato de Armand! Cada vez le temía más. El hombrón hablaba á gritos, lo mismo con ella que con las fieras; su temible manaza era amenazadora, y miraba á veces á uno y otro lado como el lobo ó el chacal cuando temían que alguien pudiera ir á robarles la ración. No había ni dulzura que le venciese ni gracia que le encantara; amaba á su esposa como la fiera á su presa y tan feroces habían llegado á ser sus infundados celos, que los expresó con grandeza en cierta ocasión, diciendo: ¡No quiero más que una mujer mía, tú, pero mía! Las demás son carne Yo querer, como el león del desierto, no carne muerta, sino carne y alma, i Carne y alma! Se vio amada Lolilla, y se resignó aún á la pesada tiranía de aquel hombre, mitad monstruo. Llegó á más: llegó á adornarse para no salir de aquel antro, y á olvidarse de las flores y de sus pájaros. ¡Sublime es la abnegación de las mujeres! Llegó á penetrar en la galería, asistió al momento en que se les daba la comida, y por fin tuvo un favorito: el león. ¡Vaya una jaulita y un canario que me he echado! decía cuando ya tomando con sus blancas manos los trozos sangrientos de carne los lanzaba por entre los barrotes de la jaula; trozos que el león cogía lanzándose rugiente sobre ellos. Poco á poco se acostumbró á verle y á servirle; el animal, el formidable rey, cuando la sentía llegar aguzaba las orejas, fruncía el espantable ceño, erizaba la melena, bramaba en sordo mugido, fustigaba con la cola los barrotes, luego se tendía como un perrillo y se drfjaDa acariciar la cabezota por las blancas, levísimas manos de su arha. Al cabo de tres años, Lola entraba en la jaula con admirable confianza y frescura. Vencedor, el león africano, era suyo! Hasta creía ver en él más inteligencia y nobleza que en los hombres. ¡Qué regio, qué musculoso, qué augusto! Le amaba. El león había comunicado algo de aquella humildosa sumisión suya ante la gracia al desapacible y desconfiado Armand; éste se hizo tolerante y afable. L a fiera y el hombre se habían domesticado. Sin embargo, un día se vio que en todo esto había u n drama obscuro, terrible. ¡El hombre envidiaba á la fiera! El desenlace fué rápido. Una mañana, Lola se hallaba en la jaula dando á su león una golosina; Armand ordenó á su mujer que saliese de allí, y como ésta tardase en obedecerle, él, ciego, violento, agitado por infernal pasión, se lanzó sobre ella, y agarrándola del brazo, quiso violentamente arrojarla del jaulón. Se produjo un terremoto, bamboleó con fuerza terrible el jaulón, oyóse un trueno El león había saltado sobre Armand y lo despedazó á la vista de Lola, que gritaba con espanto, llorando angustiosa y aterrada. Vencedor había matado á su rival! J o s é ZAHOXEKO DIBUJOS DK MÉNDEZ BRING. i