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VENCEDOR r La ley de ganarse el hombre su vida es ley inexorabk Lolilla la respetaba. Claro era que su marido, por obedecer á tan rigoroso precepto, había elegido el trabajo y 1 iiidustiia que hubo de parccerle más convenientes; por lo mismo era dueño de aquel barracón portátil que iba do feria en feria, espantoso y terrible como un infierno: la ménagerie, la rodante casa de fieras. El barracón era enorme. Vistoso por sus banderolas con los colores de Espaíía y de Francia, por su entrada con doselete y pabellón de percalina roja, entre los cuales, y ante ligera mesita de tapete gris, una compatriota de Armand Routerie, marido de Lolilla, despacliaba los billetes, oyendo á sus espaldas los rugidos, bramidos, bufidos y aullidos de las fieras, y cerca de sí el organillo chillón que manejaba un chicuelo anunciando el espectáculo; el barracón lucía u n tcloncete, en el cual aparecían pintadas las fieras y el audaz domador luchando con todas poco menos que á manotadas. No censuraba Lolilla á su marido porque hubiera adoptado aquella manera de vivir; sin embargo, le parecía u n espantoso oficio; no lo censuraba, pero si ella hubiera sabido antes de casarse con Armand que éste tenía t a n peligrosa ocupación, no se hubiese casado. La primera vez que Lolilla penetró en el barracón, iba temblorosa, cogida al brazo i de Mr. Armand, y sin atreverse á mirar á las horrendas bestias. Armand reía, procuraba combatir el miedo de su esposa é infundirla confianza. -Están en sus jaulas. Ma no creyó que has de haber tú temor alguno Nena, son mismo que corderos. ¿Cómo se enamoró Lolilla de aquel hombre? Asomada una mañanita á la ventana de su casa, una modesta casa de Córdoba; asomada la muchacha entre las macetas de claveles, alelíes, floreoillas blancas de albahaca, pensamientos y geranios, vio aparecer un mocetón alto, colorado, de cabello rizo y áspero y aspecto gallardo: un hombre robusto y ágil. Él la miró poco después se hablaron. Mr. Armand tenía en Sevilla su barracón, y había ido á comprar carneros á Córdoba; se detuvo en esta ciudad algunos días. Fué volvió y al fin tuvo amores, y por último so casó con Lolilla, chávala llena de gracia, linda de rostro, monísima, dulce, tímida y en extremo delicada. -Tengo mi palacio ambulante, le había dicho Armand. Y cuando los recién casados llegaron al ferial, y el marido mostró á la mujer el barracón diciéndola que era una casa de fieras, ella quedóse muda y aterrada; acordábase de las princesas de los cuentos azules, á las cuales enamora u n príncipe que luego las lleva en carroza á un magnífico castillo y el castillo resulta ser una caverna y el príncipe u n ogro. Los primeros meses, Armand era u n infelizote, uii niño. Pero cuando menos lo esperaba Lolilla, se hizo rudo, maligno, receloso, suspicaz y cruel. Los celos le devoraban. Llegó á desconfiar de su esposa como desconfiaba de las fieras ¡Cuánto lloró Lolilla ante este cambio! Si vivía Armand entre panteras y leones, ¿qué otra cosa sino recelos y ferocidades podían esperarse de él?