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T r í La figura del santo evocando- al cadáver, ¿no podría convertirse, bien á poca costa, en la figura de D. Antonio evo cando al sepultado Ministerio? Y en las personas de ambos sexos que intervienen en la escena principal, ya sosteniendo al pobre resucitado, ya implorando el milagro, ya dando las gracias por él, ¿no puede verse, con poco esfuer; o de imaginación, á los personajes que han subido v bajado estos días las escaleras de Palacio? La indiferente muchedumbre de mujeres con guardapiés y mantilla de tira, de hombres con chupetín y sombrero apuntado, de chiquillos que juegan y voltean, ¿no pinta la indiferencia popular de hoy ante el patente milagro canovista? Y finalmente, el famoso balcón, prodigio de dibujo y de perspectiva, que da vuelta á la cúpula en la primera zona de la obra goyesca, ¿no completa el simbolismo del antiguo fresco y de la actual frescura? Convengamos en que Goya hace sátira después de muerto, como dicen que el Cid vencía á los moros. Ni es extraño tampoco, porque al cabo y al fin en todos sus Caprichos podríamos encontrar notas de actualidad, y sus trágicos Desastres de la guerra son idilios de la Arcadia comparados con los que podrían pintarse ahora. Pero dejando otra vez volar la fantasía en torno á los frescos de la ermita, ¿quién no ve en aquellos grupos de ángeles profanos, grupos de ministros que ensalzan y alaban á su dueño y señor? ¿quién no ve en aquellos querubes que levantan cortinas, sostienen paños y descorren lienzos, otros tantos personajes contemporáneos que quitan estorbos y levantan obstáculos para que pase el Ministerio redivivo? Demos tiempo al tiempo, que como Cánovas siga en sus trece, Tetuán en sus diez (cinco en cada mano) y Sagasta en sus cinco y medio (pues no parece que tiene más edad) llegará el año que viene sin que aquí haya pasado nada, como no sea la edificación de la ermita, cuyo proyecto de decoración no he podido presentar á tiempo en la Exposición general de Bellas Artes, porque la discreción de nuestros grandes hombres m e ha impedido adelantarme á los acontecimientos. El premio, en todo caso, no me correspondía á mí, sino á D. Francisco Goya y Lucientes. I Qué artista aquél! Se adelantó á la época. Y conste que no subraj o ni pongo majíúsculas de ninguna clase. L u i s ROY O VILLANOV. DIBUJOS DE CU LA fm T mi