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Á OCHO DÍAS VISTA LA VERBENA DE DON ANTONIO La primera verbena que Dios envía es la de San Antonio de la Florida. Esta seguidilla, á la que sirven de estribillo todas las líneas que vienen detrás, encierra entre sus versos una verdad como un puño del ministro de Estado y puede servir de lema (haciendo pendant con el director de Comunicaciones) al resucitado ministerio conservador. Porque la verbena de San Antonio no sólo es la primera en el orden cronológico, sino en el orden de importancia, animación, jolgorio y alegría, y hasta en el orden público, dada la indiferencia elocuente con que el escéptico pueblo que paga y calla ha recibido este c Segundo acto délos mismos conservadores que tales protestas ha levantado entre liberales y silvelistas y hasta en los mismos romeristas y en los propios constitucionales cubanos. D. Antonio se divierte y el pueblo también. ¿Puede pedirse más? ¿tiene alguien derecho á turbar el alegre jolgorio de esta doble verbena que en dos extremos de Madrid se celebra esta noche? Enmudezcan los Catones silvelistas y callen su boca los aguafiestas del Círculo liberal. Dejen que el olvidado y olvidadizo pueblo celebre en la Bombilla y en sus alrededores los milagros del santo de Pádua; dejen que en los enarenados paseos de la Huerta celebre el rebaño ministerial los milagros no menos patentes de D. Antonio, y que éste y sus ministros celebren la fiesta onomástica de los nueve: D. Antonio, por aquello de tal día hará un año sus ocho compañeros, porque ayer nacieron, ó volvieron á nacer, como quien dice. Contemplad entre los hierros de la Huerta (y dad gracias á Dios que no sea entre los hierros de la cárcel) el alegre y regocijado aspecto de la verbena ministerial. No está iluminada por la luz eléctrica, porque la electricidad está toda acumulada sobre los campos de la oposición; no hay faroles á la veneciana, porque no hay en la casa faroles tan chicos; ni teas, ni antorchas, ni candelas, porque están ocupadas en el incendio de los pocos cañaverales que quedan en Cuba; los codiciados é incomparables t cabos de Palacio son los que llenan de blanca y ceremoniosa luz los ámbitos de la finca. Bajo sus resplandores se han levantado en un momento los puestos de rigor en toda verbena: aguaduchos, duchos sin agua, buñolerías á granel y una porción de lecherías. Ya sabemos que el horno no está para bollos; pero el aceite ¿no está para buñuelos? Claro que sí, y ya es bastante para una verbena. Allí está el héroe de la fiesta enviando ristras de buñuelos á los ausentes, á los lejanos, á los retraídos; allí está el Duque en su puesto, siempre en su puesto, exhibiendo y pregonando con grandes carcajadas los mojicones de su especialidad; allí está Cos Gayón mostrando en un tablero los muñecos de la mayoría, y Morlesín formando á su capricho los ministros á real y á dos reales. Los de Ultramar y Gracia y Justicia siguen columpiándose como pueden, y el Tío yankée, es decir, el Tío Vivo, continúa también dale que dale, sin que nadie se moleste en decirle: No le dé usté vueltas. ¿Qué le falta á D. Antonio el de la Huerta para hombrearse con San Antonio de la Florida? Bien poco, verdaderamente. Si el santo es abogado de las niñas sin novio, el presidenta- es la única persona á quien deben arrimarse los políticos célibes que deseen casarse con alguien; si el santo es abogado de las cosas perdidas, no es flojo rival el que le ha salido á última hora, ya que el gran Hortelano, al edificar la situación sobre sus propias ruinas, ha encontrado lo imposible de encontrar, porque no había cosa más perdida que el Gabinete conservador. Sólo falta la ermita en la verbena de los ministeriales, y no es cosa del otro jueves levantar una ermita para quien ha logrado mayores arcos de iglesia. Si la crisis última necesita un momento que la recuerde, ya que no un D. Práxedes que la perpetúe, ninguno mejor que la reproducción en medio de la Huerta de la famosa ermita de San Antonio, con sus frescos de Goya y todo lo demás. Diríase que el genio agriado y satírico del gran artista aragonés tuvo una adivinación al decorar la bóveda, pechinas y medios puntos con aquellas creaciones, más admirables por su artístico desenfado que por su unción religiosa; diríase que con máscara religiosa está pintada en la cúpula la situación actual, así como con alas de ángeles y aureola de querubines están retratadas por Goya las hermosuras madrileñas de su tiempo. Quitad á aquéllos frescos su carácter devoto, siempre respetable aunque no muy respetado por la musa eminente mente profana de Goya, y conservando la composición y el encaje de las figuras, cualquier copista del Museo serviría para pintar, parodiando á la vieja ermita, la cúpula, pechinas y medios puntos de la ermita conservadora de la Huerta.