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LOS CIRCOS LA CENICIENTA, O EL ZAPATITO DE C R I S T A L -L A S SIETE FOLLYS Con el alegre volteo de las campanas que suenan á Gloria el sábado de Resurrección, puede decirse que termina el invierno. El sol en clase de presidente de la Naturaleza hace la señal, y asoma la primavera en el traje de luces de los toreros, en los claveles que prenden la airosa mantilla blanca de las madrileñas, en las horchaterías, en las mañanas perfumadas y tibias del Ketíro, en las ventanas bajas de las cervecerías, hasta en el pregonar del hombre de los tiestos. Con la primavera sonríe toda la vida. El enfermo salúdala desde su sillón de convaleciente como dulce promesa; los enamorados, como el nrejor ambiente para sus delirios; los cómicos ven en perspectiva nuevas orwaciowes, tournées á provincias, nóminas regeneradoras; los toreros escrituras y ferias, y los artistas de circo dan el salto mortal desde la última contrata. En efecto; el circo es insustituible, viene á llenar un vacío en las diversiones públicas, sobre todo en esta época del año. a buena sociedad, ó por lo menos la que hemos convenido en llamar así, se aburre soberanamente el tiempo que media entre la última nota oída en el Real y la partida para el veraneo; siempre hay dos meses, que entretiene la gente de buen tono abonándose á ¡nnfashionables soirées, á los días de moda, á los de gala y á los viernes gimnásticos. En los palcos se hace tertulia, se cotizan las chismografías de salón, se da algán tijeretazo piadoso al amigo, s- e LA RECEPCIÓN