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445- r íSii jkí TM- ir multitud; ya divisamos el puente del vapor y en él á diversos oficiales que nos saludaban con los pañuelos, estableciendo con nosotros un telégrafo de señales. El barco llegó al antepuerto, hiüo u n viraje, y enfilando la barra entró en la bahía resoplando fuerte, como un asmático después de subir una cuesta. Se tendieron las escalas; multitud de botes, igual que nube de mosquitos, aseteaban el casco del buque, mientras nosotros, colocados enfrente del trasatlántico, seguíamos los menores movimientos y contestábamos á los vivas de la tripulación. Doscientos soldados embarcaron, la mayor parte de ellos heridos; aquellas caras enjutas, de mortecino color teñidas, hospedaban la fiebre y otras enfermedades tropicales. Bajaron los primeros, después de los que apareció sobre la escalera del costado la figura del general Polaviej a en brazos de sus oficiales, cubiertos los ojos con vendajes y defendidos por fuertes gafas para preservarle de la menor influencia de luz. Desde Aden, donde á consecuencia de las humedades tropicales se le recrudeció la afección á la vista, hasta el punto de no haber salido de su camarote liasta Barcelona, el general ha sufrido agudos dolores y fuertes molestias. Su estado al poner el pie en el yate donde le esperaban, era de un profundo abatimiento; difícilmente subió á cubierta. La marquesa de Polavieja le recibió en sus brazos, é inmediatamente pasó á su camarote, donde el doctor Barraquer le practicó una cura. Descansó el general como una hora, y se vistió el uniforme de teniente general para asistir al Te Deum que en la catedral estaba dispuesto á su desembarco, terminado el cual se dirigió á su alojamiento, preparado en el antiguo Palacio de la Ciudadela. Por la tarde le visité y le encontré más aliviado. E n el rato que estuvimos hablando, sus manifestaciones fueron muy sinceras, lamentándose de que pudiera creerse que él hiciera política de ninguna clase. Yo, me decía, ni he necesitado de ella para nada, ni por ella siento aspiración ninguna. Soy un soldado, un soldado nada más, y como soldado no tengo más que una espada para combatir por mi patria y por mi rey. AniE L G E N E R A L P O L A V I E J A E N SU A L O J A M I E N T O mábase el general ante la visita de multitud de comisiones que entraban á saludarle, modesto, agradecido á las manifestaciones cariñosas de todos; retenía sus dolores, comprimía sus sufrimientos y departía gustoso con todos. Por la noche, venciendo el quebranto y la fatiga de la jornada, asistió á la recepción de gala que en su obsequio se celebró en el Liceo. Los oficiales que con él venían me hablaron de la despedida que el pueblo de Manila le tributó. La población en masa se asoció en honrosa protesta, suplicándole que ya que su estado de salud le impedía salir á operaciones, por lo menos que siguiera desde Manila dirigiéndolas. ¡Tal confianza inspiraba á las gentes los acertados planes del general! Pero desgraciadamente el clima afirmaba m á s sus crueldades, y el estado de Polavieja llegó á inspirar serios cuidados. L L E G A D A AL TALACIO D E LA CIÜDADELA Los rebeldes, que á nuestros soldados les decían: JEn Silang entraréis, pero en Imús moriréis- el fanfarrón bando dictado por uno de los jefes de la insurrección, en que se perdonaba la vida á todos los soldados españoles que se entregaran, menos al cabecilla llamado Polavieja, encontraron en el vencedor de Oavite término á sus audacias. Pero pongamos punto, que no necesita Polavieja de mis elogios ni ditirambos. E n su brillante hoja de servicios está su mejor semblanza. E n Barcelona hubo, además del Te Deum, recepción en el palacio, función de gala, serenata y orfeones; y más hubiera habido, pero su estado de salud hizo imposible toda clase de Á LA S A L I D A B JiARCELOJS A. E L ÜE fEKAL P O L A V I E J A SALUDANDO D E S D E E L VAGÓN